Hay voces que uno reconoce antes de recordar la canción. La de Ruben Rada era una de ellas. Alcanzaban unas sílabas, una carcajada, un golpe de percusión. Era Rada. No hacía falta más.
Este miércoles murió a los 83 años, después de permanecer un mes internado por una neumonía. La noticia cerró una vida, pero difícilmente pueda cerrar una presencia.
Porque Rada seguirá apareciendo.
Estará en Las manzanas, en Mi país, en Cha-cha muchacha y en tantas canciones que atravesaron décadas. Estará en El Kinto, Tótem y Opa, y en una carrera solista que convirtió al candombe en territorio de encuentro con el rock, el jazz, la canción y otros sonidos.
También estará en los músicos que llegaron después.
Hasta sus últimos meses siguió pensando en lo que venía. Preparaba nuevos proyectos, un trabajo con Los Auténticos Decadentes y un homenaje a Tótem previsto para octubre. A los 83 años, el futuro todavía formaba parte de su agenda.
Quizás esa sea una buena manera de recordarlo. No únicamente mirando hacia atrás.
Rada hizo de la música un lugar donde las generaciones podían encontrarse. Y desde este miércoles queda una ausencia difícil de medir, pero también algo que la muerte no puede ordenar ni detener.
Los discos volverán a girar. Los tambores volverán a sonar. Y en algún lugar de Uruguay, inevitablemente, volverá a escucharse Rada.


























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