A las 20.29 del 26 de agosto, alguien llamó al 911 y dijo que en una casa de Playa Azul, en el balneario Blancarena, había una persona secuestrada. La palabra —secuestro— puso en marcha a la Policía y convirtió aquella vivienda en el centro de un operativo que terminaría mostrando una escena bastante más compleja que la anunciada por teléfono.
Cuando los efectivos llegaron, los moradores contaron que estaban descansando cuando dos hombres armados entraron a la casa reclamando la devolución de un dinero adeudado. Según su relato, los intrusos se llevaron dos teléfonos celulares y una computadora portátil, hasta que uno de los habitantes tomó una pistola de fogueo y disparó.
Los asaltantes escaparon a pie, pero un hombre quedó dentro de un vehículo estacionado en el lugar. Los propietarios lo señalaron como posible integrante del grupo, lo redujeron, lo golpearon y lo llevaron hacia el fondo de la finca, donde permaneció atado hasta que llegó la Policía.
Ese hombre, que unas horas más tarde sería trasladado de urgencia desde Nueva Helvecia al Hospital de Colonia y que permanece internado en Montevideo en estado reservado, es el punto en el que la historia deja de admitir una división sencilla entre víctimas y victimarios.
Porque algo había ocurrido antes de que alguien marcara 911. Y algo había sucedido después.
La violencia que cambia de manos
De acuerdo con la información policial, dos hombres armados habían irrumpido en una vivienda para exigir el pago de una deuda. Si esa reconstrucción se confirma judicialmente, el dinero ya no se reclamaba mediante palabras, documentos o tribunales, sino entrando armado a una casa.
Pero la violencia no terminó cuando los intrusos huyeron. Uno quedó atrás.
Y quienes acababan de denunciar una irrupción armada pasaron a ejercer el control sobre él: lo redujeron, lo golpearon, lo trasladaron al fondo de la propiedad y lo mantuvieron atado.
La escena contiene una de las características más inquietantes del episodio: la rapidez con que la violencia parece cambiar de dueño sin desaparecer. En pocos minutos, un conflicto por dinero habría pasado de la amenaza de las armas al disparo de una pistola de fogueo, de la fuga a la captura y de la captura a un hombre lesionado y amarrado en el fondo de una casa.
La Policía preservó el lugar y desplegó un operativo con participación de Investigaciones, el Grupo de Reserva Táctica y Policía Científica, bajo la dirección del fiscal letrado de Rosario, Hugo Pereira. Hubo patrullajes, vigilancia, cierre departamental y coordinación con Policía Caminera. Pero durante la madrugada apareció otra pieza.
A la 1.10, en un control sobre la ruta 1, efectivos de la Seccional 10.ª de San José detuvieron a cuatro hombres que, según la información oficial, podrían estar vinculados con lo ocurrido en Blancarena. En el vehículo en el que circulaban fueron encontrados, entre otros elementos, dos revólveres —uno calibre 38 y otro calibre 22 corto—, seis cartuchos calibre 38 y dos réplicas de pistolas Glock 17.
La investigación todavía tenía otro giro.
A las 7.50, cuando los moradores de la vivienda de Playa Azul se disponían a retirarse en un vehículo, fueron interceptados y detenidos. La Policía ingresó posteriormente a la casa, detuvo también a una mujer e incautó teléfonos, una computadora portátil, cartuchos y una pistola de fogueo, además de otros objetos que quedaron a disposición de la investigación.
Al terminar el operativo había siete personas mayores detenidas, entre ellas una mujer.
La denominada Operación Polidoro deberá determinar ahora responsabilidades individuales y reconstruir con precisión qué ocurrió antes, durante y después de aquella llamada al 911. Será la investigación fiscal la que establezca qué participación tuvo cada detenido y qué delitos, eventualmente, pueden atribuirse.
Pero hay una imagen que ya permite mirar el episodio más allá de su expediente policial: una casa junto al río, hombres que presuntamente llegan armados para cobrar una deuda, un disparo de fogueo, una fuga, otro hombre que no consigue escapar y termina golpeado y atado mientras, kilómetros más lejos y algunas horas después, cuatro sospechosos son detenidos en una ruta con armas dentro de un automóvil.
Parece la estructura de una ficción policial porque concentra demasiados cambios de posición en muy poco tiempo. Sin embargo, ocurrió en una noche y comenzó con algo elemental: alguien llamó al 911 y dijo que había un hombre secuestrado.
Cuando la Policía llegó, encontró al hombre. Lo que faltaba descubrir era quiénes eran, en aquella historia, los secuestradores, los asaltantes y las víctimas.
Esa respuesta todavía está en manos de la Justicia.


























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