Levantar la rueda delantera de una moto o una bicicleta puede ser una infracción, una imprudencia y un peligro para quienes circulan por la calle. Pero también puede expresar destreza, juego, reconocimiento entre pares y una forma de desafiar el mundo adulto. Las ideas del arquitecto e historiador británico Colin Ward (1924-2010) permiten abordar una pregunta incómoda: ¿qué estamos dejando de comprender cuando solo vemos el peligro?
Una moto avanza sobre una sola rueda. Quien la conduce intenta mantener el equilibrio mientras la rueda delantera permanece suspendida. Hay velocidad, concentración, una maniobra difícil y, en ocasiones, otros jóvenes que observan. Alguien puede estar grabando con un teléfono. El conductor sabe que lo están mirando.
La escena es reconocible en muchas ciudades uruguayas. También puede servir para pensar la relación entre los adolescentes y el espacio público en Carmelo.
Para un conductor que se aproxima, la maniobra representa un peligro. Para un vecino, puede ser una provocación. Para las autoridades de tránsito, una conducta que exige intervención. Para quien la realiza, sin embargo, la experiencia puede tener otros significados.
Hacer willy puede ser una manera de jugar, demostrar habilidad, desafiar los propios límites, ganar reconocimiento o experimentar una libertad que no encuentra fácilmente en otros espacios.
Ninguno de esos significados elimina el riesgo. Una caída puede causar lesiones graves y la pérdida de control puede poner en peligro a terceros. Comprender las motivaciones no convierte una conducta peligrosa en aceptable.
Pero si el objetivo es evitar accidentes, quizás no alcance con identificar la infracción y sancionarla. También es necesario preguntarse por qué algunos jóvenes encuentran en esa práctica algo suficientemente valioso como para asumir el peligro.
Ahí comienza una discusión que va bastante más allá de las motos.
La ciudad vista desde una sola rueda
El pensador británico Colin Ward dedicó buena parte de su obra a estudiar las relaciones entre la infancia, la juventud, la libertad y los espacios urbanos.
En El niño en la ciudad, publicado originalmente en 1978, Ward cuestionó una concepción de la ciudad en la que los adultos organizan los espacios y establecen sus usos, mientras los más jóvenes deben limitarse a ocupar los lugares y realizar las actividades que se les asignan.
Su interés no se concentraba únicamente en las plazas y los parques infantiles. Observaba cómo los niños y adolescentes se apropiaban de terrenos vacíos, calles, rincones y espacios que no habían sido diseñados específicamente para ellos.
Allí descubrían posibilidades que los adultos muchas veces no reconocían.
Un terreno abandonado podía convertirse en un lugar de aventuras. Una estructura urbana podía transformarse en un desafío físico. Un recorrido cotidiano podía adquirir el significado de una exploración.
Ward veía en esas experiencias oportunidades para desarrollar autonomía, creatividad, cooperación y conocimiento del entorno.
Su pensamiento permite formular una hipótesis para Carmelo: algunas conductas juveniles que los adultos interpretan exclusivamente como molestias o transgresiones también pueden ser intentos de encontrar un lugar propio en la ciudad.
Esto no significa que Ward defendiera las maniobras peligrosas con vehículos motorizados. Aplicar sus ideas al willy es una interpretación contemporánea de su pensamiento, no una posición que corresponda atribuirle.
La distinción importa porque la pregunta no es si una infracción debe permitirse, sino qué necesidades pueden estar expresándose a través de ella.
El equilibrio también es un lenguaje
Hay algo que una mirada exclusivamente sancionadora puede pasar por alto: hacer willy requiere habilidad.
Mantener una bicicleta o una moto sobre su rueda trasera implica coordinación, control corporal, percepción del movimiento y una relación precisa con el equilibrio.
No es una maniobra sencilla. Tampoco es segura por el hecho de que alguien la domine.
Pero la dificultad forma parte de su atractivo.
Quien aprende una destreza física experimenta una transformación: algo que antes parecía imposible comienza a resultar alcanzable. Aparecen la práctica, el error, la perseverancia y la satisfacción de mejorar.
En ese sentido, el willy comparte ciertos componentes con actividades socialmente aceptadas, como el skate, el BMX, la gimnasia acrobática o determinadas disciplinas deportivas.
La diferencia decisiva no reside únicamente en la destreza, sino en las condiciones en las que se practica, el vehículo utilizado, la exposición de terceros y el nivel de riesgo.
Una maniobra realizada con una moto en una calle abierta al tránsito no es equivalente a un ejercicio deportivo en un recinto acondicionado.
Sin embargo, reconocer el componente de habilidad permite hacer una pregunta diferente.
Si un adolescente está buscando demostrar equilibrio, control, valentía y dominio de una técnica, ¿existen en Carmelo espacios donde pueda desarrollar esas capacidades sin poner en peligro a otras personas?
La respuesta no debería ser automática. Requiere conocer qué actividades existen, cuáles son accesibles y qué demandan los propios jóvenes.
Pero cambia el punto de partida: en lugar de considerar que toda la energía contenida en esa práctica debe reprimirse, permite pensar cómo podría encontrar expresiones menos peligrosas.
Pavonearse también es una forma de buscar reconocimiento
Hay otra dimensión del willy que merece atención: la mirada de los demás.
Una maniobra difícil puede perder parte de su atractivo si nadie la observa. Muchas veces, el desafío no consiste solamente en mantener el equilibrio, sino en hacerlo delante de otros.
Pavonearse, exhibir una habilidad, provocar admiración o demostrar valentía forman parte de experiencias reconocibles de la adolescencia.
No son exclusivas de quienes conducen motos.
El adolescente que intenta una pirueta con su bicicleta, el que practica un truco de skate, el que improvisa una destreza con una pelota o el que busca destacar mediante una actividad artística pueden compartir una necesidad de reconocimiento.
Lo que cambia son las formas elegidas para obtenerlo.
En una sociedad que suele valorar el rendimiento deportivo, la competencia y la superación personal, resulta interesante observar cómo una habilidad puede recibir reconocimiento en un contexto y rechazo en otro.
Un deportista que consigue ejecutar un movimiento de gran dificultad puede ser celebrado. Un joven que realiza una maniobra peligrosa en la vía pública puede ser sancionado.
No existe necesariamente una contradicción: el contexto y las consecuencias son diferentes.
Pero sí aparece una cuestión social relevante. ¿Cómo reconocer una capacidad sin legitimar el comportamiento peligroso mediante el cual se exhibe?
Quizás ese sea uno de los desafíos más importantes para quienes trabajan con adolescentes.
No se trata de premiar la infracción. Se trata de reconocer que detrás de una conducta cuestionable puede haber habilidades y aspiraciones que merecen otras oportunidades.
¿Puede una maniobra peligrosa ser también una protesta?
La palabra protesta suele asociarse con manifestaciones, consignas y demandas explícitas.
Pero no todas las formas de resistencia juvenil tienen un programa político o un discurso organizado.
En ocasiones, la transgresión puede funcionar como una manera de hacerse visible.
Ocupar un espacio de forma inesperada, alterar momentáneamente su funcionamiento o realizar algo que los adultos desaprueban puede expresar una disputa simbólica por la ciudad.
Esto no significa que cada adolescente que hace willy esté protestando contra el orden urbano. Algunos pueden buscar diversión, otros reconocimiento y otros simplemente disfrutar de la maniobra.
Atribuirles una intención política sin escucharlos sería tan simplificador como reducir toda la conducta a una voluntad de molestar.
Sin embargo, la posibilidad merece ser explorada.
¿Qué ocurre cuando los jóvenes sienten que los espacios públicos están pensados para circular, comprar, consumir o permanecer quietos, pero no para experimentar libremente con sus habilidades?
¿Qué sucede cuando las actividades juveniles se consideran aceptables únicamente dentro de instituciones, horarios y espacios previamente establecidos?
Colin Ward defendía una ciudad en la que sus habitantes, incluidos los más jóvenes, pudieran participar activamente en la construcción de su experiencia cotidiana.
Desde esa perspectiva, la apropiación informal del espacio no era necesariamente un problema que debía eliminarse. Podía revelar necesidades que la planificación urbana no había contemplado.
La dificultad aparece cuando esa apropiación compromete la seguridad de otras personas.
Allí el derecho a experimentar encuentra un límite concreto: el derecho de los demás a circular sin quedar expuestos a un peligro evitable.
Carmelo: ¿una ciudad para estar o también para hacer?
La ciudad también cuenta con instituciones deportivas, educativas y culturales.
Pero la existencia de esos espacios no responde por sí sola qué posibilidades ofrecen a los adolescentes.
¿Dónde puede reunirse un grupo de jóvenes sin que su presencia sea interpretada inmediatamente como una molestia?
¿Dónde puede alguien practicar una habilidad física fuera de una actividad deportiva formal?
¿Hay espacios accesibles para quienes no integran un club, no pueden pagar determinadas actividades o simplemente buscan formas espontáneas de recreación?
¿Quién decide qué usos del espacio público son legítimos?
Estas preguntas son especialmente pertinentes en una ciudad de la escala de Carmelo, donde la proximidad entre los barrios, los lugares de encuentro y las zonas de circulación permite observar directamente las tensiones entre diferentes usos urbanos.
Una plaza puede ser un lugar de descanso para una persona mayor y un espacio de encuentro para adolescentes. Una rambla puede servir para caminar, circular en bicicleta, conversar o contemplar el paisaje.
La convivencia exige acuerdos.
Pero esos acuerdos difícilmente sean duraderos si una parte de la comunidad participa en su definición y otra solamente recibe prohibiciones.
Ward cuestionaba precisamente las formas de organización urbana que relegan a los más jóvenes a una posición pasiva.
Para él, aprender a vivir en sociedad también implicaba disponer de oportunidades reales para actuar, tomar decisiones y asumir responsabilidades.
El peligro no desaparece porque comprendamos sus motivos
Existe un riesgo al abordar estas conductas desde una perspectiva cultural: romantizar la transgresión.
Sería un error.
Una moto que circula sobre una sola rueda puede perder estabilidad. La maniobra reduce las posibilidades de respuesta ante un imprevisto y puede tener consecuencias graves para quien conduce, sus acompañantes y otras personas.
El reconocimiento de una habilidad no justifica utilizar una calle abierta al tránsito como escenario para demostrarla.
Tampoco corresponde presentar el riesgo como una condición necesaria de la autenticidad juvenil.
La valentía no exige poner en peligro a terceros.
Sin embargo, también sería insuficiente suponer que una prohibición resuelve automáticamente las motivaciones que sostienen determinada conducta.
Las sanciones pueden ser necesarias para proteger la seguridad vial. Pero una política pública que aspire a prevenir riesgos debería combinar el control con educación, participación juvenil y alternativas de actividad.
La distinción es importante: comprender una conducta no significa aprobarla; significa obtener mejores herramientas para intervenir sobre ella.
Si el willy tiene componentes de juego, destreza, exhibición y pertenencia grupal, las respuestas pueden contemplar esas dimensiones sin permitir la práctica peligrosa en la vía pública.
Por ejemplo, mediante actividades de BMX, ciclismo de habilidad, skate u otras disciplinas en entornos apropiados, con medidas de seguridad, formación y acompañamiento.
No todas las modalidades son equivalentes, y cualquier actividad con motos requeriría condiciones técnicas, legales y de seguridad específicas.
El objetivo no sería trasladar sin más el mismo peligro a otro lugar, sino generar oportunidades para desarrollar capacidades y reconocimiento en condiciones controladas.
Reconocer los valores que pueden esconderse detrás de un antivalor
Tal vez el punto más complejo de esta discusión sea aceptar que una conducta socialmente rechazada puede contener elementos que, considerados por separado, resultan valiosos.
En el willy pueden aparecer perseverancia, coordinación, creatividad, capacidad de aprendizaje y deseo de superación.
También pueden aparecer imprudencia, exposición innecesaria al riesgo, desconsideración hacia terceros y transgresión de normas de convivencia.
Ambas dimensiones pueden coexistir.
La tarea educativa no consiste en negar las primeras porque existan las segundas, ni en justificar las segundas porque se reconozcan las primeras.
Consiste en distinguirlas.
Un adolescente que dedica tiempo a dominar una destreza puede haber desarrollado una capacidad de concentración que sería valiosa en otras actividades.
Quien busca reconocimiento mediante una maniobra arriesgada puede encontrar otras formas de destacarse si dispone de oportunidades reales para hacerlo.
Y quien disfruta de la experimentación física puede descubrir disciplinas que conviertan esa inquietud en aprendizaje y práctica sostenida.
Estas posibilidades no son resultados garantizados. Son caminos que podrían explorarse con los propios jóvenes.
Ward ayuda a comprender por qué ese reconocimiento importa: la autonomía no se aprende únicamente obedeciendo instrucciones. También se construye mediante experiencias en las que las personas pueden experimentar, participar y asumir responsabilidades.
Escuchar antes de diseñar las soluciones
Una respuesta local podría comenzar con algo relativamente sencillo: conversar con los adolescentes.
No exclusivamente con quienes participan en actividades deportivas organizadas, sino también con quienes ocupan plazas, se reúnen en las calles o encuentran sus propias formas de entretenimiento.
Preguntarles qué buscan cuando practican determinadas maniobras. Qué sienten al conseguirlas. Qué importancia tiene la mirada de sus amigos. Qué lugares utilizan. Qué alternativas les interesarían.
También corresponde escuchar a vecinos, familias, docentes, deportistas, personal de salud y autoridades responsables de la seguridad vial.
Esa conversación permitiría distinguir situaciones diferentes que muchas veces se agrupan bajo una misma etiqueta.
No es lo mismo practicar una destreza en bicicleta en un espacio apropiado que ejecutar una maniobra con una moto entre vehículos y peatones.
Tampoco es lo mismo reunirse en una plaza que generar una situación de peligro.
Una política que no distingue termina tratando de la misma manera actividades con consecuencias muy distintas.
Y una política que solamente prohíbe puede perder la oportunidad de comprender qué buscan los jóvenes y qué alternativas podrían construir junto con ellos.
Una ciudad que no tenga miedo de sus adolescentes
Las ciudades suelen hablar de sus jóvenes como una promesa de futuro.
Se espera que estudien, trabajen, practiquen deportes, participen en actividades culturales y se conviertan en adultos responsables.
Pero los adolescentes ya forman parte de la ciudad. No necesitan esperar a alcanzar la adultez para tener intereses, necesidades y formas propias de relacionarse con el espacio público.
A veces esas formas resultan incómodas. Otras generan conflictos. Y algunas, como las maniobras peligrosas con vehículos, requieren límites claros.
El desafío consiste en no confundir la necesidad de establecer límites con la obligación de comprender.
Colin Ward imaginaba ciudades donde los más jóvenes no fueran únicamente personas a proteger o comportamientos a controlar, sino habitantes capaces de explorar, crear y participar.
Trasladar esa mirada a Carmelo implica preguntarse qué lugar tienen los adolescentes en las decisiones sobre el espacio público y qué oportunidades encuentran para desarrollar sus capacidades.
También supone reconocer que la seguridad vial y la libertad juvenil no tienen por qué plantearse como objetivos incompatibles.
Una ciudad puede proteger a sus habitantes y, al mismo tiempo, ofrecer espacios para la aventura, la destreza, el encuentro y la experimentación.
Quizás el willy sea una buena imagen para comenzar esa conversación.
Una rueda se levanta del suelo. Durante unos segundos, alguien intenta sostener un equilibrio difícil. Hay una habilidad real, una búsqueda de reconocimiento y un riesgo que no debería trasladarse a los demás.
La pregunta para Carmelo no es cómo convertir esa maniobra en una actividad aceptable en la calle.
La pregunta es qué podría hacer la ciudad para que las capacidades, la energía y las ganas de desafiar los límites que algunos jóvenes expresan de esa manera encuentren otros lugares donde desarrollarse.
Porque evitar el peligro es indispensable.
Pero comprender lo que hay detrás de él puede ser el comienzo de una respuesta más profunda.


























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