Hay imágenes que cuentan la vida de una ciudad sin necesidad de demasiadas palabras. Esta mañana, la rambla de Carmelo, uno de sus paseos más reconocibles, ofrecía una escena diferente. El agua del Arroyo de las Vacas había avanzado sobre el espacio por donde habitualmente caminan los vecinos.
La fotografía de Carlos Ponce registra ese encuentro entre la ciudad y la naturaleza. Los pilares de la rambla permanecen en su sitio, mientras el agua cubre el pavimento y modifica, aunque sea transitoriamente, un paisaje familiar.
Estamos acostumbrados a pensar la ciudad como algo estable: sus calles, sus veredas, sus paseos, sus recorridos cotidianos. Sin embargo, el arroyo tiene sus propios tiempos, sus movimientos y sus límites cambiantes.
Cuando crece, nos recuerda que la ciudad también fue construida sobre un territorio natural, que el agua tiene memoria y que los espacios que creemos definitivamente nuestros forman parte de un equilibrio mucho más antiguo.
Carmelo convive desde siempre con ese movimiento. El arroyo atraviesa su historia, su paisaje y su identidad.
A veces basta una mañana de creciente para descubrir que los lugares de todos los días nunca permanecen exactamente iguales. Y que también en esas transformaciones se reconoce la vida de una ciudad.

























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