Los lunes, en el Paraje Tejera, el día empezaba como cualquier otro. El campo no se alteraba por decisiones individuales. La rutina seguía su curso: el mate, el trabajo, el polvo, los animales. Pero para uno de los peones, los lunes tenían un destino preciso.
Vivía en un campo a unos veinte kilómetros de la ciudad de Durazno. En los años setenta, cuando el cine todavía era una sala y no un hábito doméstico, ese hombre caminaba hasta la ciudad para ver una película. Iba y volvía a pie. Cuarenta kilómetros en total.
No lo hacía como un gesto extraordinario. Caminaba porque quería ir al cine.
Salía temprano. El camino era largo, recto, sin interrupciones. Alambrados, árboles aislados, alguna construcción perdida. Veinte kilómetros por caminos y ruta. Durante la ida, imaginaba la película. No sabía cuál iba a ver, pero la pensaba igual. La armaba con escenas posibles, con personajes inventados, con finales provisionales. El trayecto funcionaba como un prólogo silencioso.
Llegaba a Durazno con el cuerpo cansado y la cabeza ocupada. Compraba la entrada. Se sentaba. Miraba la película completa, sin distracciones. Dos horas en una sala oscura después de haber caminado toda la tarde.
El regreso era distinto.
A la vuelta analizaba la película. Repasaba las escenas, ordenaba la historia, evaluaba lo que había funcionado y lo que no. El camino se convertía en una mesa de montaje. El campo, en un espacio para pensar.
Si la película era buena, los kilómetros pesaban menos. Si no, el regreso se hacía más largo.
Nunca se supo su nombre. No quedó registro de cuántas veces repitió el trayecto ni de cuándo dejó de hacerlo. Tampoco se sabe si el cine desapareció antes que la costumbre.
La imagen persiste: un hombre cruzando el campo a pie para ver una película. No para escapar del lugar donde vivía, sino para volver a él con otra mirada.
Cuarenta kilómetros por una historia ajena.
Cuarenta kilómetros para pensarla después.
En un tiempo sin épica ni récords, ese peón hacía del cuerpo un instrumento cultural. Caminaba para mirar. Caminaba para pensar. Caminaba para volver.
El cine, antes de empezar y después de terminar, ocurría en el camino.



























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