En Carmelo, Colonia del Sacramento y Nueva Palmira, el visitante suele repetir una idea: aquí el tiempo corre distinto. La calma del río, los atardeceres largos, la vida a escala humana construyen una imagen de tranquilidad que forma parte del relato turístico y también del orgullo local. Sin embargo, cuando esa imagen se contrasta con la vida cotidiana de quienes habitan el departamento, aparece una tensión menos visible: el tiempo libre como promesa y como carencia.
Las reflexiones de Helen Hester y Nick Srnicek ayudan a iluminar esa paradoja desde un ángulo inesperado. Su análisis no parte del turismo ni de las pequeñas ciudades, sino de una pregunta básica: por qué, incluso en sociedades con avances tecnológicos y mejoras materiales, el tiempo libre parece escaso o inexistente. La respuesta, sostienen, está en el peso persistente del trabajo doméstico y de cuidado, un trabajo que no se contabiliza, no se remunera y recae de forma desigual.
La tranquilidad como imagen, el tiempo como experiencia
Desde fuera, Colonia suele ser vista como un territorio donde “se vive mejor”. Menos ruido, menos distancias, menos urgencia. Pero esa percepción convive con jornadas laborales fragmentadas, empleos estacionales ligados al turismo, tareas de cuidado concentradas en el ámbito familiar y una fuerte dependencia del automóvil y del traslado cotidiano. El resultado es conocido: se llega a casa y el día no termina. Empieza otro turno, invisible, que organiza la reproducción de la vida.
Hester y Srnicek advierten que el desarrollo tecnológico —desde electrodomésticos hasta plataformas digitales— no ha reducido necesariamente esa carga. En muchos casos, la ha reorganizado sin aliviarla. Llevado al plano coloniense, esto se traduce en hogares donde la tecnología convive con rutinas exigentes, en especial para las mujeres, y donde el “ocio” aparece más como consumo ocasional que como derecho cotidiano.
Ocio, comunidad y espacio público
Aquí surge un punto clave para pensar lo local. En ciudades como Carmelo o Nueva Palmira, el ocio no se define solo por el tiempo disponible, sino por los espacios y las tramas comunitarias que lo hacen posible. La rambla, la plaza, la feria, los clubes, las actividades culturales gratuitas del verano funcionan como infraestructuras de descanso y encuentro. No eliminan la sobrecarga del trabajo doméstico, pero la hacen visible y, en ciertos momentos, compartida.
El planteo de Hester y Srnicek sobre la necesidad de organizar colectivamente las tareas reproductivas dialoga con prácticas que, en menor escala, ya existen en el interior: redes informales de cuidado, apoyo entre familias, clubes deportivos que cumplen funciones sociales, eventos públicos que habilitan un tiempo común. La diferencia es que, en el plano local, estas soluciones dependen más de la buena voluntad que de una política deliberada.
Cómo nos ven y qué podemos leer en esa mirada
Cuando los visitantes describen a Colonia como un lugar “tranquilo”, muchas veces están señalando algo más profundo: la posibilidad de un tiempo menos colonizado por la urgencia. Esa percepción externa funciona como espejo. Muestra una potencialidad —vivir con otros ritmos— pero también un riesgo: convertir la tranquilidad en postal, sin interrogar las condiciones que la sostienen o la contradicen.
El aporte de Hester y Srnicek invita a dar un paso más: pensar el ocio no solo como descanso individual, sino como condición para la vida democrática y comunitaria. En términos colonieneses, eso implica preguntarse quién puede disfrutar realmente del tiempo libre, en qué momentos, y a costa de qué esfuerzos invisibles.
Un desafío local, no abstracto
Aplicado a Carmelo, Colonia y Nueva Palmira, el debate sobre el tiempo libre deja de ser teórico. Se vuelve concreto en la organización de la vida diaria, en la distribución de tareas dentro de los hogares, en el diseño de políticas culturales y sociales que no solo ofrezcan espectáculos, sino que amplíen efectivamente el derecho al ocio.
Quizá ahí esté el valor de leer a Hester y Srnicek desde el sur del Uruguay: usar una crítica global al modelo de vida acelerado para interrogar una realidad que se presenta como calma. No para negar esa calma, sino para entenderla mejor y sostenerla de forma más justa. Porque, como sugiere su propuesta, el tiempo libre no es lo que sobra cuando todo está hecho: es lo que se decide colectivamente proteger.



























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