La avenida Artigas no durmió la noche anterior. Desde temprano, las sillas se alinearon como una promesa: alguien iba a pasar por ahí y valía la pena esperarlo. El sábado 31 de enero, cuando el sol se retiró sin apuro y el calor cedió justo lo necesario, Colonia se preparó para lo que sabe hacer cuando el candombe manda: mirar, escuchar, pararse, dejarse llevar.
Las Llamadas 2026 “Walter Negro Bulón Monzón” no fueron una edición más. No lo fueron porque regresó el concurso —ese viejo motor de rivalidades sanas y obsesiones minuciosas—, pero sobre todo porque la noche tuvo algo raro, algo difícil de fabricar: clima, gente y sentido alineados. Una fiesta popular que no pidió permiso.
Quince comparsas desfilaron una detrás de otra, en orden estricto, como si la avenida fuera una partitura. Morenada Lonjas abrió el paso y luego fueron llegando El Colibrí, La Nueva Reina del Empuje, Dulces Guerreras, Rosario 250, La 10 de Mayo, Burundí, Caracú Quemao, Eco de Tambores, Puerto Sauce, Lonjas Pichoneras, Mombasa, Tararilonjas, Mozambique y La Zulema. Afuera de concurso, Fuego Negro, desde Argentina, y Néctar, de Colonia, cerraron la noche cuando ya nadie miraba el reloj.
El sonido fue creciendo de a poco, como una marea. Chico, repique y piano encontraron su lugar en el pecho de la gente. Había niños subidos a los hombros, abuelos golpeando el piso con la punta del zapato, turistas que no entendían del todo pero intuían que ahí pasaba algo serio. Brasileños, argentinos, europeos, norteamericanos, algún asiático: todos de pie, todos iguales por un rato.
En el medio del desfile, cuando Burundí llegó al palco, el tiempo se detuvo. Walter Negro Bulón Monzón —bailarín, vecino, figura querida— recibió el homenaje con una mezcla de pudor y orgullo. Hubo abrazos, lágrimas breves, manos que se estiraban desde abajo. Desde el palco, el intendente Guillermo Rodríguez acompañó el momento junto a autoridades nacionales y departamentales, pero el verdadero reconocimiento venía de la calle: de quienes lo habían visto bailar durante años sin necesidad de placas ni discursos.
El desfile siguió. Y con él, el despliegue. Cuerpos de baile afinados, coreografías pensadas al milímetro, vedettes que sabían cuándo avanzar y cuándo frenar, estandartes que contaban historias sin decir una palabra. Gramilleros, escoberos y mama viejas aparecieron como símbolos vivos de una memoria que no se explica: se hereda. Nada era improvisado. Detrás de cada paso había ensayo, inversión, discusiones, noches largas y tambores gastados.
La ciudad acompañó. Los puestos de comida y bebida —a cargo de instituciones locales— trabajaron sin pausa. Hubo sector accesible, ómnibus especiales, ambulancias, seguridad, tránsito ordenado. Todo funcionó sin hacerse notar, como debe ser cuando la fiesta es lo importante. La transmisión en directo de Canal 5 llevó la imagen a todo el país, pero lo esencial estaba ahí: en el borde de la vereda.
El jurado, presidido por Alfredo Leirós, deliberó mientras la gente seguía comentando detalles mínimos: un paso, un toque, una bandera que casi se cae. Cuando se conoció el fallo, Mombasa se quedó con el primer premio. Eco de Tambores y Rosario 250 compartieron el segundo lugar. El resto del orden completó una noche pareja, discutida, intensa, como suelen ser las noches que importan.
Pero el resultado fue apenas una parte. Lo que quedó fue otra cosa: la sensación de que Colonia, por unas horas, se miró al espejo del tambor y se reconoció. No como postal ni como producto turístico, sino como comunidad en movimiento. Una ciudad que, cuando el candombe suena, no necesita explicación.
La avenida Artigas volvió a vaciarse de a poco. Las sillas quedaron solas. El eco de los tambores siguió un rato más, rebotando en las paredes, metiéndose en las casas. Al día siguiente, Colonia despertó con esa mezcla rara de cansancio y felicidad que dejan las fiestas verdaderas: las que no se anuncian, las que pasan, las que quedan.



























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