El jueves 5 de febrero, a las nueve de la noche, Litto Nebbia subirá al escenario de la Plaza de Toros, en la Sala Uruguaya Natural, con la economía de medios que solo se permiten los músicos que ya no tienen nada que demostrar. Piano, guitarra y una voz que no busca imponerse sino contar: así será el formato de un concierto íntimo que funciona, más que como espectáculo, como una conversación con la historia.
Nebbia no repasa su trayectoria como quien ordena una vitrina de éxitos. La recorre como se camina una ciudad conocida: deteniéndose donde la memoria insiste, avanzando sin prisa por calles laterales. Los clásicos —inevitables, casi fundacionales— aparecen no como monumentos sino como canciones vivas, aún dispuestas a decir algo distinto cada noche. El repertorio será amplio y flexible, reflejo de una obra que, desde hace más de medio siglo, se resiste a quedar fijada en una sola forma.
En los años sesenta, cuando el rock en castellano era todavía una intuición más que un movimiento, Nebbia fue uno de sus primeros narradores. Con Los Gatos, y antes con Los Gatos Salvajes, ayudó a darle lengua propia a una música que hasta entonces hablaba en traducción. “La balsa” no solo inauguró una época: introdujo la idea de que el rock podía ser una forma legítima de contar la experiencia local, sin pedir permiso ni disculpas.
Desde la disolución de Los Gatos, en 1970, su carrera solista se expandió como un mapa sin fronteras rígidas. Tango, folklore argentino, jazz, canción urbana: Nebbia avanzó por todos esos territorios sin abandonar nunca una identidad reconocible, una manera de escribir y cantar donde la melodía parece pensar en voz alta. No hubo giros estratégicos ni obediencia a tendencias; hubo, más bien, una fidelidad persistente a una curiosidad musical que se niega a jubilarse.
Esa independencia —más ética que estética— es quizá el rasgo que mejor explica la magnitud de su obra: alrededor de mil doscientas composiciones registradas en un centenar de discos propios. Los premios y reconocimientos, numerosos y prestigiosos, aparecen como consecuencias laterales de una decisión sostenida en el tiempo: hacer música como forma de vida, no como carrera.
El concierto en la Plaza de Toros se inscribe en esa lógica. No promete un gran despliegue ni una celebración nostálgica. Ofrece, en cambio, algo más raro y más valioso: la posibilidad de escuchar a uno de los arquitectos de la canción popular rioplatense en su estado más puro, todavía dispuesto a sentarse frente a un piano o una guitarra y comprobar, una vez más, que el origen no es un lugar al que se vuelve, sino un sonido que se sigue buscando.
Las entradas están a la venta en RedTickets y en la boletería de la Plaza.


























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