Por Abel Oroño
Comité 13 de diciembre Frente Amplio
Estas semanas, a partir del 25 de agosto, día del Comité de Base, hemos estado reflexionando –en Asamblea- sobre distintos temas que serán tratados en el próximo Congreso del FA. Todos los temas concitaron nuestro interés, pero nos conmovimos mucho al revisar la coyuntura internacional, donde aparecen tensiones geopolíticas brutales, focalizadas en algunos espacios, pero que, sin duda, nos afectan a todos, no importa donde residamos.
Estas tensiones, si llegamos al hueso del asunto, no tienen otra explicación que el afán de poder y de enriquecimiento de algunos personajes que lideran la escena global (recordamos que hay fortunas personales superiores a las de dos, tres o más países juntos).
La industria armamentista ha crecido enormemente, pero hay otro crecimiento enorme y veloz, en apariencia inofensivo, pero terriblemente perverso: el de la tecnología, de la que somos sus siervos sumisos. Como sostiene el economista griego Yanis Faroufakis, el tecnofeudalismo, sigiloso sucesor del capitalismo. En él quedamos todas y todos enroscados y dependientes, sin espacio para el desarrollo de nuestras libertades.
Pensemos –como ilustración de lo dicho- en lo que ocurre a la hora de almorzar o cenar. ¿Qué es lo primero que ponemos al lado del plato? Los celulares. ¿Cómo andan muchos jóvenes en bicicleta y otros no tan jóvenes al volante de sus autos? Con los celulares en la mano y los ojos puestos en sus pantallas. ¿Hay algo que justifique tales actitudes de dependencia y de irresponsabilidad? Pensamos que no. Pero es la realidad que vivimos. ¿Cómo huir de ella, superar la tecnodependencia y recuperar espacios de libertad, de desarrollo racional, de empatía con el prójimo? Hasta no hace muchos años, podemos pensar hasta hoy en día, los críticos del capitalismo sabemos que solo los ricos son libres de verdad para elegir, y que los pobres son esencialmente libres para perder, y que la peor esclavitud es la de quienes han aprendido a amar sus cadenas.
Pensemos, por un instante, en la actitud de muchas y muchos de nosotros/as frente al abuso de poder, las dificultades para llevar al pan a la mesa, mandar a nuestras hijas e hijos a la escuela, y, ni hablar, de poder asistir a un espectáculo o tomar unas vacaciones… Frente a estas situaciones, en la mayoría de los casos, nos gana la resignación, la indiferencia o la aceptación de lo inaceptable. Todo esto porque la vida ‘on line’ produce individuos incapaces de ser críticos y dueños de sí mismos. Porque, al apoderarse de nuestra atención, provoca la disminución de nuestra capacidad de observación y concentración.
Una cuestión final. En estos días pasados, algunas y algunos de nosotros/as vimos en los informativos una carera de robots. La torpeza elevada al cubo pero muy rápidos. En el mismo informe, pasaron imágenes de Usain Bolt, bello, armonioso, campeón olímpico… pero, ¿cuál fue el comentario del periodista? Bolt ya no es el más rápido del mundo… el robot es más rápido que él. Comparación absurda, ¿verdad?, pero que puede ser entradora. Hace siglos, los antiguos griegos nos mostraron –muchas y muchos creímos que para siempre.- que ética y estética son dos caras de la misma moneda.
Entonces, a una estética que valora la luz, la armonía, el color, los espacios naturales y las distintas expresiones artísticas, le corresponde una ética de la transparencia, que valora la paz y el acuerdo entre los seres humanos. Pero, ¿qué ética s corresponde con estas estructuras metálicas, desgarbadas, sin alma? Seguramente, una ética de “qué me importa”, de la boca abierta ante cualquier reclamo, porque no estaremos en condiciones de saber qué se nos pregunta. Porque la ‘vida en la nube’ produce individuos acríticos. Porque, al irse apoderando de nuestra atención va promoviendo la falta de atención en el mundo real.
Por lo tanto, será cada vez más fácil para los poderosos cooptar nuestras voluntades e introducirnos en sus dominios, transformándonos en siervos de la tecnología. Una tecnología que, a través de las redes sociales, nos va imponiendo valores que bien podíamos calificar de antivalores, en relación con una ética centrada en la honradez, la paz, el bienestar colectivo y la felicidad del pueblo.


























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