Hay edificios que dejaron de producir, pero no desaparecieron. Permanecen junto a una ruta, cerca de un arroyo o incrustados en la trama urbana. Algunos conservan enormes galpones. Otros son apenas estructuras heridas por el tiempo. Chimeneas, silos, tanques y muros siguen formando parte del paisaje cotidiano de Colonia mucho después de que las máquinas se apagaron.
Sobre esas construcciones trabaja Industrial Encore. Una aproximación al potenciamiento del parque industrial subutilizado del Departamento de Colonia, la tesis de maestría en Arquitectura de Lucía Bogliaccini Faget, presentada en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de la República, con tutoría del arquitecto Diego Capandeguy.
El título contiene una primera clave. Encore es el bis, aquello que vuelve al final de una función. Bogliaccini utiliza la expresión para preguntarse si esas arquitecturas industriales pueden tener un nuevo tiempo.
No necesariamente significa restaurarlas. Tampoco demolerlas ni convertir cada fábrica antigua en museo. La investigación intenta moverse en un terreno intermedio: entender qué existe, qué valor tiene y qué podría ocurrir allí.
Un mapa industrial que permanecía disperso
La magnitud del trabajo aparece en el relevamiento.
Durante seis años, atravesados además por la pandemia, la autora realizó 13 viajes a Colonia, recorrió 67 industrias en más de 13 ciudades y pueblos, hizo entrevistas y recorridos con guías culturales y estudió 202 documentos catastrales y planos.
Ese recorrido permitió construir una lectura departamental de un fenómeno que suele observarse edificio por edificio.
La tesis termina identificando 49 conjuntos edilicios industriales para su estudio sistemático. De ellos, 16 estaban abandonados y presentaban diferentes estados de ruina. La mayoría de las construcciones tiene entre 500 y 10.000 metros cuadrados, sobre terrenos que pueden llegar a 50.000 metros cuadrados.
Hay otro elemento decisivo: casi todos están en manos privadas. En algunos casos, la investigación advierte sobre posibles deudas o sociedades comerciales desaparecidas. Por eso, detrás de una fábrica abandonada no existe solamente un problema arquitectónico. También aparecen asuntos jurídicos, económicos y políticos.
La investigación sitúa buena parte de esas construcciones entre las décadas de 1940 y 1970, durante una etapa en la que Uruguay impulsó la sustitución de importaciones. La posterior apertura económica, los cambios tecnológicos y la transformación de las formas de producción modificaron aquel mapa.
Las fábricas cerraron. Los edificios quedaron.
La ruina también cuenta la historia de Colonia
Uno de los aportes centrales del trabajo consiste en cambiar la pregunta.
En lugar de plantear simplemente cómo recuperar una fábrica, Bogliaccini propone decidir primero si debe recuperarse y de qué manera.
No todo edificio viejo tiene igual valor. Algunos poseen interés arquitectónico; otros importan por su escala, por su ubicación, por la memoria que concentran o por determinados elementos —una chimenea, un silo, una nave— que se convirtieron en referencias del paisaje.
La tesis construye categorías para diferenciarlos. Entre ellas aparecen el “Monumento Smithsoniano”, la “Fábrica Vulgaris”, los edificios con gran potencial arquitectónico y los considerados desecho.
Detrás de esos nombres existe una idea provocadora: una ruina no tiene necesariamente que volver a parecer nueva para recuperar sentido.
Incluso puede conservarse parcialmente como ruina.
La mirada resulta especialmente pertinente para localidades pequeñas. Una fábrica de miles de metros cuadrados abandonada en Montevideo puede perderse dentro de la escala metropolitana. En una ciudad del interior puede condicionar un barrio entero, ocupar un acceso principal o interrumpir durante décadas la relación de la población con un curso de agua.
Por eso la tesis habla también de “justicia espacial”: esos terrenos vacantes podrían ser considerados recursos urbanos y no únicamente oportunidades inmobiliarias privadas.
Rosario como laboratorio del futuro
La parte más experimental del trabajo ocurre en Rosario.
La autora la llama una “ficción”. No se trata de proyectos anunciados ni de obras previstas, sino de ejercicios arquitectónicos para comprobar hasta dónde podrían llegar las posibilidades detectadas durante la investigación.
Tres casos muestran la diversidad de caminos.
En la antigua Fanaesa, afectada por contaminación con plomo según la tesis, la propuesta evita una restauración convencional. El edificio permanecería esencialmente como ruina, acompañado por una estructura de recorridos y espejos que permitiría observarlo sin intervenir directamente sobre la zona contaminada.
El antiguo Molino Nin, sobre la Ruta 2, recibe una hipótesis completamente diferente: transformarlo en una incubadora de investigación vinculada al envejecimiento, la robótica y la inteligencia artificial. La envolvente industrial permanecería mientras el interior alojaría laboratorios, áreas de trabajo y espacios de intercambio.
La Fábrica Vistal abre una tercera posibilidad. Allí se ensaya la incorporación de residencias y servicios para personas mayores, articulados con el barrio Alonso. El antiguo edificio fabril dejaría así de ser únicamente memoria industrial para convertirse en soporte de una necesidad contemporánea: los cuidados y las nuevas formas de habitar durante la vejez.
Las tres propuestas revelan uno de los puntos más interesantes de la tesis. No existe una receta para las fábricas abandonadas. Una puede permanecer como ruina; otra admitir tecnología; otra convertirse en vivienda y espacio comunitario.
Lo que queda después de las fábricas
Industrial Encore no concluye que las 49 estructuras estudiadas deban salvarse. Tampoco sostiene que toda ruina sea patrimonio.
Su conclusión es más incómoda y, quizás por eso, más útil: antes de demoler, abandonar o restaurar automáticamente, Colonia necesita conocer qué tiene y discutir qué quiere hacer con ello.
La investigación plantea además que el problema no puede resolverse exclusivamente desde la arquitectura. Propiedad privada, financiamiento, capacidad de los gobiernos locales, envejecimiento demográfico y participación comunitaria determinan qué transformaciones son posibles.
En ese punto, las viejas fábricas dejan de hablar solamente del pasado.
Hablan de cómo cambiaron el trabajo y la economía del departamento, pero también de vivienda, cuidados, ambiente, espacio público y desarrollo de las pequeñas ciudades.
La pregunta que queda después de las 307 páginas de la investigación no es entonces cómo conseguir que aquellas fábricas vuelvan a ser lo que fueron.
Es otra.
Qué puede hacer Colonia con todo lo que quedó cuando dejaron de serlo.



























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