Por momentos, el stand de Colonia en la Expo Prado pareció más una escena extraída de una novela costumbrista que un espacio institucional. Era sábado, novena jornada de la feria agroindustrial más importante del país, y el departamento volvió a ser protagonista sin necesidad de levantar la voz. Bastó con los sabores, los ritmos y los rostros que cruzaban el aire entre toldos y pantallas.
A mediodía, el aroma a campo perfumó los pasillos de la muestra. Quesos curados, embutidos artesanales y dulces que contaban historias sin necesidad de etiquetas, fueron ofrecidos en bandejas sencillas a quienes se acercaban. No se trataba solo de degustar, sino de pertenecer, aunque fuera por unos minutos, a esa Colonia que se despliega entre chacras, tradiciones y acentos del litoral.
Pero el momento clave llegó con la tarde, cuando el escenario se transformó en un mosaico festivo: el lanzamiento de las fiestas tradicionales de cada localidad del departamento tomó forma entre discursos breves, trajes típicos y una secuencia de estampas vivas. No hubo protocolo solemne ni palabras huecas. Más bien, un desfile de identidades en estado puro: Juan Lacaze, Carmelo, Rosario, Nueva Helvecia… cada nombre como un tambor que llama a casa.
Entonces, la samba irrumpió. Nova Samba, la agrupación que inyectó ritmo carioca a la tarde uruguaya, puso a bailar hasta al más rígido visitante. El stand se convirtió por instantes en un carnaval improvisado. El contraste no podía ser más sabroso: mientras los tambores sonaban, el chef Alejandro Aclan desplegaba frente al público una hazaña dulce y escandalosamente uruguaya: un panqueque gigante de dulce de leche La Positiva, que provocó tantos aplausos como selfies.
La escena tenía algo de rito moderno. El dulce chisporroteaba sobre la sartén descomunal como si se tratara de un conjuro, y el público, hipnotizado, esperaba su turno como en una misa pagana. Cuando se sirvió el primer bocado, el aplauso fue espontáneo, como si se celebrara una victoria nacional.
Los personajes de época —vestidos con chalecos, faldas largas y boinas coloniales— se mezclaban entre los visitantes, sin marcar fronteras entre representación y realidad. El café del Instituto de Hotelería y Gastronomía aportaba calidez, mientras una trivia interactiva desafiaba a los curiosos con preguntas sobre el departamento.
No era solo una muestra más en una feria. Era un retrato colectivo en movimiento, una postal que olía a tradición y sabía a futuro. Porque en el corazón del Prado, Colonia no solo se presentó: se vivió.
