El «turismo» de gestión: cuando Montevideo baja a Colonia sin libreta ni plan

Llegan desde la capital con asesores, con celulares listos para el registro, con la promesa de “mirar de cerca” los problemas del interior. Caminan unos metros, saludan a referentes locales, se sacan la foto, repiten frases previsibles y regresan por la ruta 1 o 21 al anochecer. Si se les pregunta con algo más de insistencia, suelen decir que hace pocos meses que están en el gobierno, como si el tiempo alcanzara como justificación para no tomar nota, para no devolver compromisos ni asumir plazos.

En el departamento de Colonia, esta escena se ha vuelto parte del paisaje. Representantes del Poder Ejecutivo que vienen de Montevideo y transitan el territorio como quien hace una gira simbólica, sin carpetas técnicas, sin rendiciones públicas, sin memoria del último recorrido. Las visitas son periódicas, los lugares casi siempre los mismos, y las demandas también: lugares abandonados, obras detenidas, infraestructura deteriorada, centros públicos al límite. Todo eso está, permanece, mientras lo único que cambia es el fondo de la foto institucional.

Hay quienes en Colonia han hecho de estas visitas un protocolo: reciben, acompañan, comentan, agradecen. Y sí, algún representante  incluso ha logrado marcar presencia en cada una de esas llegadas, convirtiéndose en figura recurrente en la gira. Pero el problema no está solo en el anfitrión, sino en el visitante. En esa mirada montevideana que viene a mirar pero no a gestionar. A observar, pero no a ejecutar. A escuchar, pero no a transformar.

Lo que falta no es presencia. Es compromiso. No se trata de que vengan, sino de que vuelvan con respuestas. Porque gestionar no es caminar ni posar, sino anotar, decidir, ejecutar, rendir cuentas. Y en Colonia, lo que más abunda son visitas sin libreta. Presencias que no dejan huella.

Lo advirtió Paul Virilio: cuando todo se reduce a la imagen y a la velocidad, el poder se convierte en espectáculo. Y lo recordó Marc Augé: hay espacios que se transitan sin producir memoria ni vínculo. Esos “no lugares” del pensamiento antropológico hoy se parecen peligrosamente a ciertas giras oficiales, donde todo pasa pero nada queda.

La gente en Juan Lacaze, Carmelo, Rosario o Nueva Palmira no necesita una visita ministerial cada dos meses. Necesita respuestas. Necesita saber si lo que se promete se hará, si lo que se anota se ejecuta, si lo que se dice se convierte en acto público y verificable. Porque cuando se viene al territorio sin plan, se está de paso. Y Colonia no necesita más pasos al costado. Necesita políticas que se queden.

El gesto repetido, la promesa sin calendario, el saludo vacío: todo eso ya lo vimos. Lo que falta es gestión. Y sobre todo, verdad.

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