De «hermandad huérfana» a teatro popular: la historia de El Galpón uruguayo

Desde sus orígenes como una "hermandad huérfana" de actores que se juntó en una barraca abandonada hasta su auge como un teatro popular reconocido, El Galpón uruguayo recorrió una historia digna en sí misma de una obra dramática donde la imaginación y la resistencia tienen un rol protagonista.

Montevideo, 22 dic (EFE).- Desde sus orígenes como una «hermandad huérfana» de actores que se juntó en una barraca abandonada hasta su auge como un teatro popular reconocido, El Galpón uruguayo recorrió una historia digna en sí misma de una obra dramática donde la imaginación y la resistencia tienen un rol protagonista.

La «épica cultural» de un teatro cuya historia, como expresa en entrevista con Efe el escritor y periodista Carlos María Domínguez, comenzó en Uruguay pero «trascendió las fronteras hacia América Latina y el mundo», merecía un libro.

Por ello, a raíz de una intensa investigación que lo llevó a bucear en los 71 años de vida de un teatro que no solo funcionó en Uruguay sino en México y, con obras como «Pedro y el Capitán» de Mario Benedetti llegó a ser conocido en otras latitudes, el autor argentino se propuso escribir sobre El Galpón.

Un tejido de artistas y un teatro sin fronteras

El desafío de plasmar en el libro «Dura, Fuerte y Alocada: La historia del Teatro El Galpón» las etapas de vida que, a partir de una fusión de dos grupos de actores en 1949, forjan El Galpón, no fue una tarea nueva para el autor.

Domínguez -radicado en Uruguay desde 1989- ha escrito, además de biografías como la de Juan Carlos Onetti, un volumen sobre la historia de la Cinemateca Uruguaya, una sala de cine independiente que, destaca, proviene del mismo «tejido abigarrado de vínculos» de artistas gestado entre los 40 y los 60 que dio luz a El Galpón.

«En esos años hay un tejido realmente profundo (…), si hoy (estas) son instituciones consolidadas no es porque el Estado haya tenido una atención especial sino porque la gente entendió que tenía una misión fundante (sic) en la cultura y que si no lo fundaban con imaginación no había posibilidad de que existiera», expresa.

Fotografía cedida por el Teatro El Galpón de Uruguay en la que se registró a su elenco, durante su exilio en México en 1976. EFE/Teatro El Galpón

La calidad y el ingenio demostrado en sus obras sería así el pie para que el grupo llegara, más tarde, de la mano de su exilio en México a raíz de la dictadura uruguaya (1973-1985), a actuar en toda Latinoamérica, desde Brasil hasta Costa Rica, así como en España, Italia, Alemania, Francia, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Contra lo imposible

La fusión de dos conjuntos de teatro fundados entre 1936 y 1937, «La isla» y «El teatro del pueblo», que comenzaron a juntarse en una barraca de materiales abandonada en Montevideo, dio origen al teatro que, si bien actualmente está cerrado por la pandemia, permanece activo hasta hoy con un compromiso inalterable por lo social.

Según cuenta Domínguez, cada uno por su lado, ambos habían atravesado por una crisis de dirección y los actores quedaron en una «hermandad huérfana», sin saber qué hacer, lo que dio lugar a una serie de sucesivas encrucijadas que resultaban «hasta divertidas» pero a la vez demostraban la «heroicidad» del grupo.

«Ese primer teatro podría haber sido concretado en seis meses y llevó dos años porque estos actores vivían de otros trabajos, salían de trabajar, cuando terminaban la jornada diaria se metían en la obra vestidos de albañiles y trabajaban hasta las cinco o seis de la madrugada», detalla.

Fotografía cedida por el Teatro El Galpón de Uruguay en la que se registró la sala principal del teatro, luego de su remodelación en 2008, en Montevideo (Uruguay). EFE/Teatro El Galpón

El siguiente hito llega una década después, cuando logran comprar el Gran Palace, un antiguo cine ubicado sobre la avenida central de Montevideo, 18 de julio, donde el teatro se mantiene hoy.

En ese camino, destacan varios líderes, como el director y actor Blas Braidot, a quien Domínguez describe como «una especie de loco quijotesco que siempre insufló al grupo un espíritu muy señero y militante».

A su vez, subraya el aporte de Atahualpa del Cioppo, un director teatral «de jerarquía» que impulsó la representación de obras de Antón Chejov y Bertold Brecht.

Piezas como «El círculo de tiza caucasiano», de Brecht, marcaron presencia en la lista de logros estéticos del grupo, que con el liderazgo de su secretario general, Héctor Guido, atraviesa hoy una nueva etapa con énfasis en recuperar el teatro criollo y popular.

«En el camino hay una cantidad de audacias formales en el abordaje del teatro criollo, como fue una realización bastante loca y delirante de hacer un teatro popular, recuperar los orígenes gauchescos y hacer un teatro con caballos en los estadios recuperando la mímica», ejemplifica.

Exilio y resistencia

El autor de «Mares baldíos» remarca que el período de la dictadura tuvo un impacto «enorme» en el colectivo, ya que sus integrantes, de arraigada militancia de izquierda, llegaron a ser detenidos y torturados.

Algunos de ellos lograron refugiarse en la Embajada de México y así marchar al exilio en el país norteamericano, donde el elenco apostó a seguir unido frente a toda adversidad y adoptó un discurso directo y combativo de denuncia.

«Tuvieron una enorme actividad en México, que fue muy generoso, y hasta incluso pudieron tener su sede en la casa de los Salinas de Gortari. Antes de que (Carlos) Salinas de Gortari fuera presidente la familia tenía en el parque particular una casa de juegos para los niños; ahí funcionó El Galpón en México», relata.

Quienes quedaron en Montevideo participaron de la resistencia contra el régimen y, pese a la censura, crearon un movimiento musical y teatral que funcionaba con «sobreentendidos».

Así, para Domínguez, se construyó un capítulo más en el tragicómico recorrido de un grupo de actores cuyo esfuerzo «descomunal» por hacer arte en tiempos difíciles hizo historia.

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