Por Charles Carrera Leal
Las imágenes y declaraciones del presidente argentino Javier Milei durante su visita a Brasil generaron sorpresa y preocupación en toda la región. Más allá de la dureza de los insultos dirigidos al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, el episodio volvió a poner sobre la mesa un debate mucho más profundo: los límites del enfrentamiento político, el respeto entre los Estados y el tipo de convivencia democrática que queremos construir en América Latina. Lo que a primera vista parece un nuevo cruce entre dos líderes de visiones opuestas, en realidad interpela cuestiones mucho más amplias sobre la democracia, la integración regional y el rumbo político de nuestro continente.
Comparto buena parte de la reflexión de Julio María Sanguinetti sobre el episodio protagonizado por Milei en Brasil cuando señala que un presidente no puede utilizar el territorio de otro país para intervenir en su vida política interna ni convertir el insulto en una forma de hacer política exterior. América Latina ha construido, con mucho esfuerzo, reglas de convivencia entre gobiernos de distinto signo político, y cuando esas reglas se rompen, todos perdemos un poco.
Defender la institucionalidad democrática no es un asunto de derecha o de izquierda; es defender una forma de convivir que costó décadas construir. Pero, siento que, si nos quedamos solamente con esa mirada nos perdemos una parte importante de la historia. Porque Milei no aparece de la nada, no se trata solo de un dirigente que habla fuerte o rompe los protocolos, sino que es parte de un fenómeno mucho más amplio, que hoy vemos crecer en distintas partes del mundo. Una derecha cada vez más radicalizada, que hace del agravio una herramienta política, que desconfía de las instituciones, que convierte al adversario en enemigo y que encuentra en la confrontación permanente una forma de construir poder. Por eso lo ocurrido en Brasil no puede leerse únicamente como un episodio diplomático, también expresa una disputa sobre qué modelo de sociedad queremos construir.
Brasil y Argentina no son dos países cualquiera, son las dos grandes potencias de América del Sur. Lo que ocurra con su industria, con la Amazonia, con el litio, con la energía, con el agua o con sus empresas estratégicas tiene consecuencias que van mucho más allá de sus fronteras.
Hay quienes hacen creer que el desarrollo pasa por reducir al mínimo el Estado, desregular la economía y dejar que el mercado ordene todo, pero en realidad son figuras creadas para atender intereses de grupos de poder. En las antípodas, otros sostienen que el desarrollo necesita políticas públicas, un Estado fuerte, más trabajo, industria, integración regional y un Estado capaz de cuidar los recursos estratégicos y ponerlos al servicio de la gente. Podemos discrepar sobre cuál es el mejor camino porque eso forma parte de la democracia, lo que no deberíamos aceptar es que esa discusión sea sustituida por el insulto, la mentira o la descalificación permanente.
También me preocupa que se sigan utilizando acusaciones contra Lula que desconocen un hecho objetivo: las condenas que lo llevaron a prisión fueron anuladas por el Supremo Tribunal Federal de Brasil. Podemos discutir sus decisiones políticas, su gobierno o sus propuestas, pero otra cosa muy distinta es seguir instalando afirmaciones que la propia Justicia dejó sin efecto.
No se trata solamente de Lula o de Milei, sino de trata de preguntarnos qué tipo de política queremos para nuestra región. Y también de mirar hacia adentro, porque a veces en Uruguay nos gusta pensar que somos una excepción y que esas formas de hacer política no llegan hasta acá. Sin embargo, también hemos visto crecer campañas de descrédito, ataques personales, desinformación y una agresividad que hace algunos años resultaba impensable. No deberíamos acostumbrarnos a eso, no podemos hacerlo desde la izquierda. Nuestra democracia siempre fue más fuerte cuando se discutieron ideas antes que personas.
El Frente Amplio nació del encuentro entre personas distintas que fueron capaces de construir un proyecto común y nuestra pluralidad nos enriquece y nos mantiene en la lucha. No podemos renunciar a ella y que no nos engañen para empobrecer nuestro debate y forma de construcción colectiva amplia y democrática. Para los que somos verdaderamente de izquierda el diálogo no debilita, el pensamiento colectivo enriquece y la unidad no significa que pensemos todos igual, sino compartir un horizonte común.
Quizás este sea un buen momento para volver a ese espíritu, para debatir más, para escucharnos más, para fortalecer los espacios colectivos de reflexión, para entender que los desafíos que enfrenta la democracia no se responden solo desde una organización política, sino desde una sociedad que decide qué valores quiere defender.
Frente al avance del odio, la respuesta no puede ser más odio; frente a la mentira, más verdad; frente a la agresión, más política, y frente a quienes buscan dividir, recuperar una de las mejores tradiciones de la izquierda uruguaya: pensar colectivamente, actuar con serenidad y construir, entre todos, una democracia más fuerte, más solidaria y más humana.
