La ruta invisible del glifosato: una investigación de Udelar muestra cómo las abejas pueden llevar el herbicida hasta la colmena

Un equipo de la Universidad de la República comprobó que el cuerpo de las abejas puede transportar glifosato hacia la colmena y la miel cuando los insectos entran en contacto con zonas fumigadas o alcanzadas por deriva. Los niveles detectados fueron bajos en la mayoría de los ensayos, pero el estudio abre una discusión productiva y regulatoria: cómo proteger la miel uruguaya sin enfrentar a agricultores y apicultores.

La escena ocurre lejos de los laboratorios, en campos donde conviven cultivos, colmenas y decisiones productivas. Una abeja sale a trabajar, atraviesa flores, malezas o bordes de predios agrícolas, y vuelve a la colmena cargada de néctar, polen y también, según comprobó una investigación de la Universidad de la República, con rastros de glifosato adheridos a su propio cuerpo.

Ese hallazgo es el centro del proyecto “Rutas de Ingreso del Glifosato y Destino en la Colmena”, financiado por el Fondo de Promoción de Tecnología Agropecuaria del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria. El trabajo fue desarrollado por un equipo interdisciplinario de Udelar junto al apicultor Daniel Sánchez, con participación de investigadores de las facultades de Ciencias, Agronomía, Química y del Centro Universitario Regional Litoral Norte, sede Paysandú.

La pregunta inicial era simple y, a la vez, decisiva para la apicultura uruguaya: ¿por dónde entra el glifosato a la colmena? Hasta ahora, las sospechas podían apuntar al néctar, al polen, al agua, a la cera o al ambiente. La investigación confirmó una vía menos evidente: el cuerpo de las propias abejas.

Las investigadoras Silvina Niell y Estela Santos explicaron que el estudio se realizó en predios forestales y agrícolas, con experimentos controlados en Canelones y Treinta y Tres. Allí se observaron situaciones de fumigación real, aplicaciones diurnas y nocturnas, y escenarios de exposición por deriva, es decir, cuando el producto aplicado se desplaza fuera del sitio objetivo, por ejemplo por efecto del viento.

La deriva aparece como uno de los puntos sensibles. Para los cultivos, el glifosato es una herramienta de control de malezas. Para las abejas, puede convertirse en una exposición directa si el producto llega a flores, bordes de campo o zonas de vuelo. La investigación no plantea una lectura alarmista, pero sí documenta un mecanismo concreto: las abejas pueden impregnarse con el herbicida y trasladarlo hasta la colmena.

El dato requiere precisión. Según las investigadoras, los niveles de glifosato detectados en la miel a partir de esta vía fueron bajos. En la mayoría de los casos se ubicaron por debajo del límite de cuantificación y no alcanzaron el parámetro de referencia de la Unión Europea, que fija un máximo de 50 microgramos por kilo. La excepción apareció en escenarios de simulación de deriva o exposición directa, realizados en momentos de alta actividad de la colmena.

Esa diferencia es clave para interpretar el estudio. La investigación no afirma que la miel uruguaya esté contaminada de forma generalizada por esta vía. Lo que demuestra es que existe un camino de ingreso, que puede ser reducido con medidas de manejo. Y allí aparece la propuesta que las investigadoras llaman, en términos prácticos, una “tregua química”.

Una de las recomendaciones principales es evitar la aplicación de glifosato durante la floración de cultivos o malezas. También se plantea buscar horarios con menor actividad de vuelo de las abejas. En los ensayos, las aplicaciones nocturnas o más tardías mostraron menor presencia de glifosato en el néctar que las abejas acopiaban en ese momento.

La solución, sin embargo, no es sencilla. Alejar las colmenas de las zonas fumigadas puede parecer razonable en el papel, pero las investigadoras reconocen que no siempre es viable en la vida real: las colmenas y los productores apícolas están distribuidos en el territorio, muchas veces cerca de predios agrícolas. El problema, entonces, no se resuelve solo moviendo cajones, sino coordinando prácticas entre sectores que comparten el mismo paisaje productivo.

La investigación también deja una lectura económica. Uruguay exporta miel y busca proteger mercados exigentes, especialmente el europeo. En ese contexto, cualquier residuo químico se transforma en un asunto productivo, sanitario y comercial. La miel no solo debe ser buena: debe poder demostrarlo.

Por eso el estudio trasciende el interés académico. Productores, exportadores y referentes de la apicultura participaron en instancias de intercambio con el equipo investigador. La demanda original surgió de una preocupación del sector: conocer las vías de entrada del glifosato a la colmena para diseñar medidas de prevención y defensa de la calidad de las mieles uruguayas.

El trabajo también llega en un momento en que la Comisión Honoraria de Desarrollo Apícola cuenta con nuevos elementos para pedir al Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca una normativa que prohíba el uso de glifosato durante la floración de cultivos o malezas. Según el texto de Udelar, ese planteo se encuentra en análisis.

La conclusión científica es acotada, pero políticamente relevante: el cuerpo de la abeja puede ser una ruta de ingreso del glifosato a la colmena. Los niveles encontrados por esa vía fueron bajos, pero se suman a otros posibles caminos de contaminación, como el néctar, que es directamente transformado en miel.

En otras palabras, el problema no está solo en la abeja ni solo en el cultivo. Está en la frontera compartida entre dos modelos productivos que necesitan convivir. La investigación de Udelar no propone frenar la agricultura ni desestimar la apicultura. Propone algo más difícil y más urgente: ordenar las prácticas para que el trabajo de unos no comprometa el producto de otros.

Salir de la versión móvil