No se trasplanta una sombra

Ing. Agrónomo Marcelo Irurtia, los árboles de Carmelo y esa forma silenciosa que tiene una ciudad de contar su historia

Ing. Marcelo Irurtia.

Invitamos al ingeniero agrónomo Marcelo Irurtia a conversar sobre el arbolado urbano, las podas, la memoria de quienes plantaron y el error de creer que un árbol adulto puede reemplazarse con un plantín en otro lugar. Una entrevista de ciudad sobre lo que vemos y lo que no vemos cuando caminamos bajo una copa.

La mañana tenía algo de conversación de vereda. No por informal, sino por cercana. En Radiolugares, el ingeniero agrónomo Marcelo Irurtia se sentó a hablar de árboles y, casi sin proponérselo, terminó hablando de Carmelo.

Porque en esta ciudad un árbol rara vez es solo un árbol. Puede ser la sombra de una infancia, el gesto de una institución, el recuerdo de una familia, la marca de una decisión pública o el lugar donde los pájaros eligieron quedarse. Hay troncos retorcidos, raíces que se imponen sobre las baldosas, copas que salvan una caminata de enero y árboles que alguien plantó hace décadas sin saber quién iba a agradecerlos después.

Irurtia llegó a la entrevista con la idea de hablar desde su formación, desde su experiencia y desde una relación personal con el tema. “Diferentes etapas de mi vida han estado vinculadas a algún árbol”, dijo apenas comenzó la charla.

La frase quedó flotando como una rama baja.

—¿Qué cambia en una ciudad cuando tiene buenos árboles?

—Cambia mucho. Pero primero hay que saber para qué está ese árbol. En una ciudad, el árbol es parte de la infraestructura.

Ahí apareció una de las ideas centrales de la entrevista: el árbol urbano no es un adorno. Puede embellecer, claro, pero su tarea principal no es decorar la calle como quien pone una maceta. Un árbol da sombra, regula la temperatura, protege casas, hace más caminable una ciudad y vuelve menos hostil el verano.

Irurtia puso un ejemplo lejano para explicar algo muy cercano. Habló de Mendoza (Argentina), una ciudad en zona desértica, con acequias y mucho arbolado. Una ciudad que gasta agua, un recurso escaso, para sostener sus árboles. ¿Por qué? Porque sin ellos la vida urbana sería más dura.

—¿El árbol enfría la ciudad?

—Un árbol solo, no. Un arbolado, sí.

La diferencia parece mínima, pero no lo es. Un árbol aislado puede dar alivio en una puerta. Un sistema de arbolado puede cambiar una cuadra, un barrio, una ciudad. Irurtia habló de cinco o seis grados menos en determinadas condiciones, pero enseguida volvió a la idea importante: no se trata de plantar dos árboles y esperar un milagro.

—¿Qué es un sistema de arbolado?

—No podés plantar dos árboles y esperar un efecto. Tenés que pensar en muchos árboles, en su función y en el lugar donde están.

En Carmelo, dijo, el arbolado es escaso y durante mucho tiempo funcionó mal. No lo planteó como una denuncia, sino como una constatación. También aclaró que, a su juicio, en los últimos años algunas cosas han mejorado. Desde la ventana de la radio miró árboles que, según dijo, alguna vez fueron castigados por podas severas y ahora parecían estar recuperando copa.

La palabra “copa” fue clave. Sin copa no hay sombra. Sin sombra, el árbol pierde buena parte de su función urbana.

—¿Qué pasa cuando se poda mal?

—Si todos los años lo tronchás, en verano no te da nada.

La imagen fue simple y efectiva. En una vereda angosta, el tronco siempre molesta un poco. Pero si arriba hay una copa que da sombra, el balance puede ser favorable. El problema aparece cuando queda solo el tronco: una presencia incómoda que no protege, no refresca y no cumple su tarea.

—¿Entonces la pregunta no es solo podar o no podar?

—La pregunta es para qué podás.

Irurtia, que viene del mundo de la agronomía, llevó el tema al terreno de los objetivos. En una viña, explicó, nadie poda por podar. Se poda sabiendo qué producción se busca, hacia dónde se quiere llevar la planta, qué resultado se espera. Con los árboles urbanos debería ocurrir algo parecido.

El problema es que muchas veces el árbol no es el protagonista de la decisión. Lo son los cables, la vereda, la casa, el reclamo del vecino, la urgencia. Y aunque todos esos elementos importan, la mirada queda incompleta si el árbol solo aparece como obstáculo.

—¿Y los cables?

—También importan. La ciudad es infraestructura. Si un vecino tiene que elegir entre el árbol y la luz de su casa, va a elegir la luz.

No hubo romanticismo fácil en la respuesta. Irurtia no negó los conflictos. Los árboles conviven con veredas angostas, servicios públicos, comercios, fachadas, cableados y circulación peatonal. Pero allí volvió a aparecer la idea de planificación. En otras ciudades, dijo, hay árboles grandes porque también hay cableado subterráneo o una infraestructura pensada para convivir con ellos.

Una cosa va de la mano con la otra.

En ese punto, la entrevista dejó de mirar solo ramas y empezó a mirar decisiones. Porque un árbol urbano no se entiende separado de la ciudad que lo rodea. La especie elegida, el ancho de la vereda, el tendido eléctrico, la poda, el cuidado posterior y la voluntad del vecino forman parte de la misma escena.

—¿Sirve plantar cualquier árbol en cualquier lugar?

—No. Seguramente hay especies que no son adecuadas para ciertos lugares.

Irurtia señaló que en Carmelo comenzaron a verse especies de menor porte, menos agresivas para las veredas y más compatibles con determinados espacios. Es una señal, dijo, de que se está pensando mejor. Pero la reflexión de fondo siguió siendo otra: no alcanza con plantar. Hay que plantar bien. Y después cuidar.

Porque el tiempo de un árbol no es el tiempo de una obra terminada, ni el de una foto, ni el de un anuncio. Un árbol puede necesitar cinco, ocho o diez años para empezar a cumplir de verdad su función. A veces más.

—¿Qué error cometemos cuando sacamos un árbol adulto y plantamos uno chico?

—Creer que se compensa enseguida.

No lo dijo con esas palabras exactas, pero esa fue la idea. Un árbol adulto no se reemplaza con un plantín como si fueran unidades iguales en una planilla. El árbol viejo ya dio sombra, ya armó paisaje, ya sostuvo vida. El nuevo todavía debe sobrevivir.

Irurtia contó algo que conoce de cerca: plantar árboles pequeños en lugares de uso intenso, como una cancha de baby fútbol, puede ser muy difícil. Los niños juegan, los golpean, los quiebran. No por maldad, sino porque el espacio tiene otra dinámica. Para que un árbol sobreviva allí, muchas veces debe llegar más grande, más formado, con dos o tres metros de altura.

—¿Plantar también es cuidar?

—Sí. Si no, el árbol no llega.

La conversación avanzó entonces hacia una dimensión más íntima. Los árboles como memoria. Los árboles con nombre y apellido.

Irurtia recordó a Agustín Toscano, quien se acercó una vez para hablarle de árboles durante una campaña local. Le contó que parte del arbolado en torno a Marcelo Bianchi, y también otros árboles de la ciudad, habían sido plantados por su padre junto a él. No eran árboles anónimos. Eran árboles familiares. Árboles con una biografía detrás.

También apareció la Plaza de las Naciones. Irurtia recordó haber escuchado que allí cada árbol representaba a un país y que, en su momento, habrían participado representantes diplomáticos o institucionales en la plantación. La historia merece ser reconstruida con más voces, pero la imagen ya dice mucho: una plaza donde cada árbol no solo da sombra, sino que simboliza un lugar del mundo.

—¿Cada árbol tiene historia?

—Muchos sí. Lo que pasa es que no siempre la conocemos.

Esa frase podría servir como guía para mirar Carmelo de otra manera. Hay árboles que fueron plantados por rotarios, por vecinos, por familias, por instituciones, por personas que ya no están. Algunos crecieron junto a clubes, escuelas, plazas, paradas de ómnibus y calles que cambiaron de ritmo.

El árbol, entonces, deja de ser paisaje de fondo. Pasa al frente.

Peter Wohlleben, el divulgador alemán que popularizó una mirada más sensible sobre la vida de los árboles, suele insistir en que los humanos entendemos tarde lo que los árboles hacen despacio. En una ciudad como Carmelo, esa idea puede leerse sin exageración: hay decisiones que solo se ven completas muchos años después. Plantar es pensar en otro tiempo. Cortar, también.

Irurtia recordó el túnel de plátanos de la entrada de Calcar. Dijo que en otra parte del mundo probablemente nadie pensaría en retirarlo sin antes valorar su peso paisajístico. Se buscaría una alternativa, una entrada distinta, una solución que conservara aquello que ya se volvió postal.

—¿Por qué vale tanto ese túnel?

Porque si lo hacemos de vuelta, nosotros no lo vamos a ver.

La respuesta tiene algo de verdad incómoda. Hay paisajes que no se fabrican en una administración ni en un período de gobierno. Se heredan. Y cuando se pierden, no vuelven en el tiempo de quienes los perdieron.

También habló de la playa y de una postal que desapareció cuando se hizo una avenida nueva. No lo dijo como acusación. Fue cuidadoso: no se trataba de decir si estuvo bien o mal, sino de reconocer que había una imagen valorada por los carmelitanos. Árboles de 50 o 60 años que formaban parte de una memoria visual.

—¿Carmelo defiende sus árboles?

—A veces sí. A veces no.

La respuesta admite matices. Hay vecinos que se movilizan, barrios que protestan, personas que sienten un árbol como parte de su historia. Irurtia recordó casos en los que hubo defensa del arbolado. Pero también señaló una contradicción frecuente: todos dicen que los árboles son importantes, aunque muchas veredas siguen sin uno solo.

—¿Hay doble discurso?

—Como en tantas cosas, puede pasar.

La frase no cayó como reproche. Más bien sonó como espejo. Hay cuadras sin comercios, sin obstáculos evidentes, sin árboles. Hay vecinos que quieren sombra en verano, pero no quieren hojas en otoño. Hay quienes valoran el verde en abstracto, pero no siempre aceptan el cuidado concreto que exige.

El árbol urbano pide paciencia. Ensucia, crece, rompe si se eligió mal, necesita poda, agua, protección y criterio. Pero también devuelve algo que ninguna baldosa entrega: temperatura más baja, aire menos pesado, pájaros, belleza, memoria.

—¿El árbol es un servicio público?

—De algún modo, sí. Es parte de la infraestructura de la ciudad.

La entrevista volvió una y otra vez a esa palabra: infraestructura. No como concepto frío, sino como una forma de comprender que la sombra también se planifica. Así como una ciudad piensa calles, puentes, luces y desagües, también debería pensar su arbolado. No como ornamento final, sino como estructura de bienestar.

Hacia el final apareció una señal positiva. Irurtia mencionó experiencias educativas, proyectos de plantación y grupos de jóvenes. Habló de su hija, vinculada a una iniciativa llamada “Seremos Raíces Fuertes”, que plantó árboles en la playa. También reconoció apoyo municipal e institucional a esos impulsos.

—¿Hay futuro?

—Sí. Capaz que hoy no se ve, pero dentro de cinco o diez años puede verse.

Esa es, tal vez, la mejor manera de cerrar una conversación sobre árboles. No con nostalgia, ni con queja, ni con la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Irurtia fue claro también en eso: no comparte el relato de un Carmelo olvidado. Cree que la ciudad ha tenido obras importantes y cambios positivos. Pero sabe que el arbolado exige una mirada distinta, una continuidad que no siempre coincide con los tiempos de la política ni con la ansiedad cotidiana.

Los árboles enseñan eso: continuidad.

Una ciudad no se vuelve más amable de golpe. Se vuelve más amable cuando alguien planta, cuando otro cuida, cuando otro poda con criterio, cuando un vecino acepta que algunas hojas en la vereda son parte del trato, cuando una institución recuerda quién puso el primer árbol y cuando una generación decide que la próxima merece caminar bajo sombra.

En Carmelo, los árboles viejos todavía guardan pájaros y nombres. Algunos molestan con sus raíces, otros sobreviven a podas severas, otros siguen sosteniendo una postal que nadie diseñó como patrimonio pero que todos reconocen cuando falta. Mirarlos mejor no significa detener la ciudad. Significa hacerla crecer con más inteligencia.

Porque un árbol adulto no es un número. Una sombra no se trasplanta. Y plantar, cuando se hace bien, es una de las formas más silenciosas y generosas de confiar en el futuro.

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