Doce años del avión que no llegó a Carmelo

El vuelo debía durar poco. Apenas el tiempo suficiente para cruzar el Río de la Plata desde San Fernando hasta Carmelo, bajar, conocer un emprendimiento turístico y volver en la tarde. Era martes 27 de mayo de 2014. Había niebla. El viaje se demoró por esa razón y, aun así, el Hawker Beechcraft B200 Super King Air, matrícula argentina LV-CNT, despegó con un piloto y ocho pasajeros a bordo. Nunca llegó a destino.

Doce años después, la tragedia quedó fijada en la memoria de Carmelo como una escena partida por el agua y el silencio: una aeronave privada que cayó cerca del islote El Matón, a unos 10 kilómetros al sureste del aeropuerto local, en una zona baja del Río de la Plata. El informe final de la Comisión Investigadora de Accidentes e Incidentes de Aviación de Uruguay ubicó el siniestro próximo a la hora 12.40. El resultado fue el peor: murieron el piloto y cuatro pasajeros; otros cuatro sobrevivieron con lesiones graves.

El avión había salido del aeropuerto de San Fernando. A bordo viajaban argentinos vinculados a una visita de negocios a Carmelo. El destino era conocer un emprendimiento hotelero en la zona. Pero el clima, que aquella mañana ya había impuesto una espera, siguió pesando sobre el vuelo. Según el informe técnico, el aeropuerto de Carmelo no reunía las condiciones de visibilidad necesarias para una operación visual y la aeronave terminó volando sin referencias claras al terreno.

La secuencia tuvo algo de obstinación y de fatalidad. El piloto intentó aproximarse a la pista. No logró verla. Ascendió, puso rumbo hacia San Fernando y luego volvió a intentar una aproximación. En esa segunda maniobra, de acuerdo con la investigación, descendió sobre el espejo de agua buscando referencias visuales con la costa y el río. La niebla estaba pegada a la superficie. La distancia entre ver y no ver, entre corregir y chocar, se volvió mínima. El avión impactó contra el lecho del Río de la Plata sin que hubiera pérdida de control, en lo que técnicamente se conoce como CFIT: una aeronave controlada que golpea contra el terreno o el agua.

Los primeros datos llegaron confusos, como suele ocurrir cuando una tragedia todavía está ocurriendo. Hubo rescates desde los dos márgenes del río. Dos sobrevivientes fueron trasladados a Argentina y otros dos a Colonia. Los cuerpos de los fallecidos quedaron atrapados en el fuselaje. Las víctimas fueron el piloto Leandro Larriera y los pasajeros Gustavo Fosco, Fernando Sánchez Gentile, Fernando Lonigro y Facundo Alecha, según informó entonces el gobierno argentino y medios de la región.

En las primeras horas se habló de una posible falla mecánica y de una explosión, según relatos iniciales de sobrevivientes. El informe final, sin embargo, no encontró vestigios de falla previa en la aeronave ni comunicaciones del piloto sobre mal funcionamiento o emergencia. La investigación apuntó a una cadena de decisiones: no regresar ante condiciones meteorológicas adversas, continuar una aproximación visual en condiciones marginales y descender por debajo de márgenes seguros.

El reporte también incorporó un elemento sensible: los análisis realizados al piloto más de 24 horas después del accidente detectaron cocaína y metabolitos, además de indicadores compatibles con consumo de cocaína y alcohol. La propia comisión revisó luego la redacción de ese punto ante objeciones de familiares y dejó establecido que esos hallazgos “pudieron haber afectado” el juicio profesional, la percepción de peligros y la evaluación de riesgos.

A doce años, la historia conserva una crudeza difícil de narrar sin ruido. Un vuelo breve. Una niebla cerrada. Un destino que estaba cerca. Y una ciudad, Carmelo, que aquel mediodía vio cómo una visita de negocios se convertía en una tragedia aérea marcada para siempre en el barro del Río de la Plata.

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