Carmelo volvió a caminar en silencio por memoria, verdad y justicia

La Marcha del Silencio se realizó este 20 de mayo desde la cabecera del Puente Giratorio hasta la Plaza Independencia, donde culminó frente al busto de Aldo “Chiquito” Perrini

Marcha del Silencio este 20 de Mayo de 2026 en Carmelo (foto: Carmelo Portal)

El silencio empezó a caminar desde la cabecera del Puente Giratorio. No fue un silencio vacío. A medida que la marcha avanzaba, por perifoneo se nombraba a cada una de las personas detenidas desaparecidas. Después de cada nombre, la respuesta de quienes participaban llegaba breve, colectiva, sostenida: “¡Presente!”.

Así se realizó en Carmelo una nueva edición de la Marcha del Silencio, en el marco de una jornada que cada 20 de mayo vuelve a reunir a miles de personas en distintos puntos del país. En la ciudad, la movilización partió desde uno de sus lugares más reconocibles, el Puente Giratorio, y se dirigió hacia la Plaza Independencia, donde culminó frente al busto de Aldo “Chiquito” Perrini.

La imagen tuvo una fuerza particular por su escala local. En Carmelo, la marcha no transcurre entre grandes avenidas ni edificios de gobierno. Se desplaza por una ciudad de vínculos cercanos, donde los trayectos son conocidos, donde los nombres propios tienen otro peso y donde la memoria no aparece como una consigna lejana, sino como una presencia que vuelve al espacio público.

La convocatoria reunió a una importante cantidad de participantes. Caminaron en silencio, escucharon los nombres y respondieron uno por uno. Ese mecanismo, repetido durante el recorrido, ordenó el sentido de la movilización: nombrar para no borrar, responder para sostener una memoria compartida, ocupar la calle sin estridencias y convertir el desplazamiento colectivo en un acto público de recordación.

La Marcha del Silencio se realiza ininterrumpidamente desde 1996, cada 20 de mayo, en Montevideo. Con el paso de los años también se extendió a distintas ciudades del interior del país y a uruguayos organizados fuera de fronteras. En 2018, por ejemplo, hubo marchas simultáneas en Artigas, Carmelo, Flores, Florida, José Enrique Rodó, Juan Lacaze, Maldonado, Melo, Mercedes, Minas, Montevideo, Paso de los Toros, Paysandú, Piriápolis, Rivera, Salto, San José, Tacuarembó y Treinta y Tres. También se realizaron actividades en Barcelona, Buenos Aires, París y Santiago de Chile.

Ese despliegue muestra que la Marcha del Silencio dejó de ser únicamente una movilización concentrada en la capital para convertirse en una práctica nacional de memoria. En cada ciudad adquiere una forma propia. En Carmelo, el recorrido entre el Puente Giratorio y la Plaza Independencia le da al acto una geografía precisa: parte de un símbolo urbano y termina frente a una referencia local vinculada a la memoria de Aldo Perrini.

La presencia del busto de Perrini como punto final no es un dato menor dentro del mapa simbólico de la marcha. Ubica la memoria en un lugar concreto de la ciudad y permite que el reclamo general por verdad y justicia dialogue con una historia local. En ese cruce, la marcha no solo recuerda a las personas detenidas desaparecidas, sino que también reafirma que los procesos históricos nacionales tuvieron marcas, nombres y consecuencias en comunidades del interior.

La movilización volvió a mostrar una característica que se mantiene a lo largo del tiempo: su fuerza no depende del volumen, sino de la persistencia. La Marcha del Silencio se sostiene en una forma austera, casi ritual, donde la palabra aparece medida y el gesto colectivo ocupa el centro. No hay discursos extensos en el recorrido ni una puesta en escena cargada. Hay nombres, pasos, silencio y una respuesta que se repite.

En Carmelo, este 20 de mayo, esa respuesta volvió a escucharse en las calles. Frente a cada nombre, el “presente” funcionó como una forma de continuidad. Una manera de decir que, aunque el tiempo pase, hay preguntas que siguen abiertas y una memoria que se mantiene activa en la vida pública de la ciudad.

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