Carmelo y el tiempo en que cada enojo quiere tener razón

Mirar escenas cotidianas de la ciudad desde otra perspectiva: no solo como hechos aislados, sino como señales de una convivencia cada vez más tensionada

El filósofo francés Éric Sadin no dice que la violencia sea legítima en términos legales o morales. Su advertencia es otra: vivimos una época en la que muchas personas sienten que su enojo, su frustración o su sensación de abandono les da derecho a actuar por cuenta propia.

Ese es el punto central de su idea sobre “el tiempo de las violencias legítimas”. No se trata de justificar la violencia, sino de comprender por qué cada vez más individuos creen que su malestar alcanza para romper una regla, agredir, insultar, escrachar o imponer su propia respuesta.

En la mirada de Sadin, se debilitó la idea de un mundo común. Antes, con todas sus fallas, existía una confianza mayor en ciertas mediaciones: la palabra, la institución, la autoridad, el vecino, la comunidad. Hoy, muchas veces, esas mediaciones aparecen rotas o bajo sospecha. Entonces, el individuo queda frente a su propia verdad y empieza a actuar como si esa verdad fuera suficiente.

Llevado a una ciudad como Carmelo, esto puede verse en escenas cotidianas. El vecino que ya no reclama: escracha. El conductor que no respeta porque entiende que “todos hacen cualquiera”. El joven que ocupa la noche con ruido y velocidad como forma de afirmarse. El adulto que responde en redes con insultos. La discusión barrial que pasa rápido de la queja al agravio.

Sadin nos ayuda a mirar esos hechos no solo como episodios aislados, sino como señales de una convivencia más frágil. El problema no está únicamente en la violencia visible. Está también en la pérdida de confianza compartida: cuando cada uno cree tener toda la razón, cuando la palabra del otro pierde valor y cuando la autoridad pública es vista siempre con desconfianza.

Las redes sociales agrandan ese fenómeno. Cualquier enojo puede transformarse en publicación, cualquier diferencia en acusación y cualquier conflicto menor en juicio público. La indignación se vuelve rápida, colectiva y muchas veces definitiva.

Para Carmelo, la lectura es clara. No alcanza con pedir más controles, aunque los controles sean necesarios. También hace falta reconstruir comunidad: reglas claras, presencia institucional, escucha, límites y espacios donde los conflictos puedan resolverse antes de convertirse en hostilidad.

La pregunta que deja Sadin es incómoda, pero necesaria: ¿cómo volvemos a vivir juntos cuando cada persona cree que su dolor le da derecho a imponer su propia ley?

Esa pregunta no pertenece solo a las grandes ciudades ni a los debates académicos. También atraviesa la vida diaria de una comunidad pequeña, donde todos se cruzan, todos se conocen y cada gesto, para bien o para mal, construye el clima común.

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