«… Y los galanes del liceo
Llevaban con soltura
A sus parejas girando en un rock and roll…» – Jaime Ross
No se trata de decir que antes se bailaba y ahora se mira un teléfono. Eso sería demasiado fácil, demasiado limpio, demasiado falso. Las épocas no se reemplazan con una moraleja. Nadie pierde el alma por cargar un celular en la mano, ni la juventud de antes fue una secta de iluminados abrazándose bajo una bola de espejos.
Pero hubo un tiempo —y quienes lo vivieron lo saben, aunque ahora finjan prudencia— en que salir el fin de semana era ir hacia una pista donde, tarde o temprano, ocurría el milagro menor de los lentos.
Se decía “apretar”.
La palabra era torpe, casi mecánica, pero contenía una ceremonia. El método parecía simple: alguien cruzaba la pista, vencía el pánico, se acercaba a una muchacha y preguntaba si quería bailar. No hacía falta un discurso. No había formulario, no había estrategia de marca personal, no había emoticones preparando el terreno. Había una canción. Había una mano ofrecida. Había una oscuridad administrada por un disc-jockey que, llegado el momento, entendía su poder: bajaba las luces y convertía un club de barrio en un sistema solar.
Entonces empezaba el movimiento.
No era bailar, exactamente. Era girar. Girar y girar y girar, abrazados a una persona que muchas veces era una desconocida. Uno podía no saber su nombre, su casa, su edad, su historia, pero durante tres minutos sabía algo más urgente: cómo respiraba. Algunos tímidos preguntaban el nombre después de media hora. Otros no preguntaban nunca. Había una confianza rara en esa ignorancia, una forma primitiva de acuerdo, una educación sentimental sin palabras.
También había descansos. Nadie explicó jamás para qué. Tal vez para tomar aire. Tal vez para que el deseo no incendiara las cortinas. Tal vez porque hasta los cuerpos jóvenes necesitan fingir que tienen control.
Bailar juntos era eso: una energía territorial e inexplicable. No una idea romántica, no una postal antigua, sino una fuerza. La gente se tocaba más, sí. Y conviene decirlo sin convertirlo en absolución de nada ni en nostalgia barata: se tocaba dentro de los códigos de una época en la que el cuerpo estaba más cerca del cuerpo. Si alguien se pasaba de vivo, podía recibir una cachetada, un empujón, una mirada que lo expulsaba del paraíso. No era perfecto. Nada lo fue. Pero había una gramática del roce, una sintaxis del abrazo, una política mínima de la pista.
En el centro de todo estaba esa masa lenta: parejas apretadas, vestidos rozando pantalones, perfumes baratos, gomina, transpiración, luces azules, humo, una canción de los Bee Gees derramándose desde los parlantes como una orden celestial. En algún punto de la noche, ABBA podía estar sonando y nadie decía nada. Nadie tenía que decir nada. El mundo se explicaba solo: tu madre y tu padre, o los padres de alguien, estaban ahí, en un club, tocándose al ritmo de una canción que quizá hoy suena en una radio de supermercado.
Es hora de decirlo con la solemnidad que merece la pavada: hay personas de más de treinta años que probablemente fueron imaginadas en esos apretujes de baile. No concebidas, tal vez. Pero sí anunciadas. Presentidas. Ensayadas en la sombra. El primer borrador de muchas vidas pudo haber sido un lento mal bailado, una mano en la espalda, una risa cerca del oído, un beso que no figuró en ningún acta.
Si los Bee Gees no hubieran compuesto un lento, si un disc-jockey no hubiera apagado las luces en el momento justo, si una muchacha no hubiera aceptado una invitación, si un muchacho no hubiera juntado coraje después de mirar el piso durante media noche, acaso muchos no estarían aquí. La causalidad de la casualidad: esa ciencia secreta que explica mejor la vida que cualquier expediente.
Porque bailar también reproduce el mundo. No solo vidas: reproduce valentías, torpezas, recuerdos, exageraciones. Tocar despierta instintos. Sonreír a centímetros de otra boca produce accidentes volcánicos. Sentir un cuerpo contra otro puede fundar una religión privada, una patria de tres minutos, un cielo raso lleno de estrellas falsas.
Y tal vez por eso la memoria insiste.
No porque todo tiempo pasado haya sido mejor. No porque hoy falte música, ni deseo, ni juventud. Sino porque hubo noches en que el cielo bajaba hasta la pista y nadie miraba hacia arriba: todos estaban demasiado ocupados girando.
Ahora se dice, con razón, que ser joven no es delito.
Será por eso, quizás, que algunos siguen presos: no de la juventud, sino de aquella música; no de una época, sino de un abrazo; no de lo que pasó, sino de lo que todavía, cuando suena un lento, vuelve a pasar.
