Carmelo no está roto por sus gobernantes. Está gobernado por su propia fractura.

Por Elio García
Durante años repetimos la misma pregunta. ¿Por qué la ciudad parece cada vez más difícil de conducir? ¿Por qué aumentan la intolerancia, el ruido, la imprudencia, el deterioro de la convivencia? ¿Por qué resulta tan complejo construir acuerdos incluso sobre asuntos elementales?

Tal vez estemos haciendo la pregunta equivocada.

Es cómodo creer que todos nuestros problemas comienzan en quienes gobiernan. Pero las sociedades rara vez producen dirigentes completamente ajenos a ellas mismas. Los gobiernos pueden acelerar los procesos, frenarlos o administrarlos mejor o peor. Sin embargo, difícilmente inventen una sociedad que no existe. Más bien la reflejan.

Carmelo no es una excepción.

La ciudad que dejó de encontrarse

Hubo un tiempo en que la plaza, el club, el deporte, la escuela pública y las instituciones sociales eran espacios donde personas de distintos orígenes compartían experiencias. Allí se construía algo más importante que amistades: se construía comunidad.

Hoy esos lugares comunes son cada vez menos.

No porque hayan desaparecido físicamente, sino porque la vida cotidiana se fue segmentando. Vivimos con quienes se parecen a nosotros, consumimos donde podemos pagar, educamos a nuestros hijos según nuestras posibilidades económicas y nos informamos dentro de comunidades que piensan igual que nosotros.

Incluso algunos espacios creados con recursos públicos terminan funcionando bajo lógicas de acceso restringido mediante cuotas o mecanismos que limitan su carácter verdaderamente abierto.

La consecuencia es sencilla: cada vez conocemos menos al que es distinto.

Y cuando desaparece el conocimiento aparece el miedo.

La desigualdad ya no es solamente económica

La desigualdad también organiza el territorio.

Organiza la educación.

Organiza las oportunidades.

Organiza incluso las expectativas.

Mientras algunos proyectan su futuro estudiando, otros descubren que el esfuerzo formal parece ofrecer menos resultados que los caminos informales o directamente ilegales. No porque crean que sea lo correcto, sino porque muchas veces sienten que es lo único que funciona.

Cuando el Estado demora respuestas, distribuye recursos con ineficiencia o deja sin cubrir funciones esenciales, pierde algo más importante que prestigio: pierde legitimidad.

Y cuando el Estado pierde legitimidad, aparecen las soluciones individuales.

Cada uno intenta salvarse solo.

El costo invisible

Muchos sostienen que la educación es la prioridad.

Lo dicen con sinceridad.

Pero cuando llega el momento de invertir tiempo y recursos, la prioridad suele ser otra: alarmas, cámaras, rejas, muros más altos.

No es una crítica moral.

Es el síntoma de una sociedad que dejó de confiar en el otro.

Invertimos cada vez más en protegernos y cada vez menos en encontrarnos.

La seguridad no empieza con un patrullero

Es razonable reclamar más presencia policial.

También mejores investigaciones y una Justicia eficiente.

Pero creer que una sociedad fracturada puede repararse únicamente mediante policías, fiscales o cárceles es pedirle al sistema penal que resuelva problemas que comenzaron mucho antes.

Mientras aumentan los jóvenes con consumos problemáticos y graves dificultades de salud mental, ciudades como Carmelo siguen padeciendo enormes carencias en atención psiquiátrica pública.

La pregunta entonces es inevitable.

¿Cuánto de lo que llamamos inseguridad comienza mucho antes del delito?

La política también cambió

Otra transformación pasa casi inadvertida.

Cada vez más personas sienten la necesidad de aclarar, antes de expresar cualquier reclamo, que «esto no tiene nada que ver con la política».

Sin embargo, esa frase también es política.

Habla del profundo desgaste de la confianza en los partidos, en las instituciones y en la representación.

Las protestas ya no las organizan  los partidos políticos sino grupos de vecinos, convocatorias espontáneas o redes sociales.

Y las redes, además de acercarnos, también amplifican la fragmentación. Los algoritmos premian la indignación, no el encuentro. Multiplican certezas y reducen conversaciones.

El desafío de mirarnos

Resulta tranquilizador pensar que todos los problemas tienen responsables claramente identificables.

Es mucho más difícil aceptar que una parte de la explicación también nos involucra.

No se trata de repartir culpas.

Se trata de comprender que ninguna administración, por buena que sea, podrá reconstruir por sí sola los vínculos sociales que durante años dejamos deteriorar.

Ni tampoco de afirmar que «todo está perdido». Esa conclusión sería tan simplista como creer que todo depende únicamente de un intendente, un presidente o un partido político.

La verdadera pregunta quizás sea otra.

¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando dejamos de compartir espacios, dejamos de confiar en las instituciones, dejamos de creer que el otro merece la misma dignidad que nosotros?

Porque, al final, las ciudades no se parecen solamente a quienes las gobiernan.

Se parecen, sobre todo, a quienes las habitan.

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