La educación obligatoria uruguaya se encamina hacia un cambio estructural: en las próximas décadas habrá muchos menos niños, adolescentes y jóvenes en las aulas. Según un nuevo reporte del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd), elaborado a partir de datos del Instituto Nacional de Estadística, la matrícula podría reducirse casi a la mitad hacia 2070. En ese año habría unos 313.000 estudiantes menos que en 2024.
El dato no describe solamente una caída estadística. También anticipa una transformación del sistema educativo tal como fue concebido durante décadas: una red de centros, docentes, grupos y recursos organizada para atender a generaciones más numerosas. Lo que está en juego, por tanto, no es únicamente cuántos alumnos habrá, sino cómo se preparará el Estado para educar mejor en un país con menos población infantil y adolescente.
El informe identifica tres factores que explican la evolución de la matrícula: la disminución de niños y adolescentes, la ampliación de la cobertura educativa y la mejora de la promoción entre ciclos. En los hechos, el primer factor aparece como el más determinante para los próximos años. La baja de la natalidad ya impacta en la educación inicial y primaria, y luego avanzará sobre la educación media.
Entre 2012 y 2024, Uruguay ya registró casi 50.000 estudiantes menos en la educación obligatoria. Pero el descenso más fuerte todavía no ocurrió. Según las proyecciones, entre 2024 y 2036 la matrícula pública y privada caería en 165.000 estudiantes. Luego el descenso continuaría de forma más leve hasta 2041, tendría un breve período de estabilidad y retomaría una baja sistemática hasta 2070.
La primera señal se observará en educación inicial. La matrícula seguiría descendiendo hasta 2032, cuando llegaría a 87.259 niños, unos 22.000 menos que en 2024. Después habría una recuperación parcial hasta 2040, aunque sin volver a los niveles actuales. A partir de allí comenzaría una nueva caída hasta 2070, cuando la matrícula representaría el 60% de la registrada en 2024.
En primaria el impacto será más abrupto. Las próximas cohortes escolares serán las nacidas durante el período de mayor baja de la natalidad. El informe prevé una caída hasta 2036, con el tramo más pronunciado entre 2025 y 2032. En esos ocho años se perderían cerca de 90.000 alumnos, a razón de más de 11.000 por año en promedio. Para 2070, la matrícula primaria sería el 48% de la de 2024.
La educación media básica recibiría ese impacto algunos años después. El descenso comenzaría con fuerza a partir de 2029, cuando ingresen las generaciones nacidas luego de la baja pronunciada de la natalidad registrada desde 2016. Entre 2029 y 2039 se proyecta una pérdida de casi 60.000 adolescentes matriculados. En 2070, la matrícula sería el 49% de la actual.
En media superior el proceso tendría una dinámica distinta al comienzo. El informe prevé un leve aumento hasta 2031, asociado a mejoras de cobertura y continuidad educativa. Sin embargo, desde 2033 comenzaría una caída similar a la de media básica. Entre 2033 y 2042 se perderían unos 56.000 adolescentes matriculados.
La lectura del escenario plantea una tensión para la política educativa. La reducción de matrícula podría aliviar algunas presiones del sistema, pero no garantiza por sí misma una mejora educativa. Menos estudiantes no significan automáticamente mejores aprendizajes, mayor equidad ni trayectorias más completas. Para que la transformación demográfica se convierta en una oportunidad, las decisiones deberán anticiparse.
El desafío estará en adecuar la oferta educativa al volumen real de población en cada territorio, sin perder de vista las desigualdades entre zonas y sectores sociales. En algunos lugares habrá centros con menos alumnos; en otros, la prioridad seguirá siendo ampliar la cobertura y sostener la permanencia. La pregunta central será cómo reasignar recursos sin reducir capacidades donde todavía son necesarias.
El informe también deja planteado otro punto: la caída de la matrícula escolar puede abrir margen para fortalecer la atención a la primera infancia, una etapa decisiva para las trayectorias posteriores. En un país con menos niños, la discusión ya no será solamente cuántos lugares hacen falta, sino qué calidad de atención, acompañamiento y oportunidades recibirá cada niño desde sus primeros años.
La educación uruguaya, según estas proyecciones, no enfrentará solo un problema de escala. Enfrentará una redefinición de prioridades. La matrícula caerá, pero las exigencias sobre el sistema no necesariamente serán menores. La realidad que se viene obligará a planificar con tiempo: menos alumnos, sí, pero también la posibilidad —si hay decisiones sostenidas— de una educación más focalizada, más equitativa y mejor distribuida.
