Tres de cada cuatro docentes de educación primaria y media en Uruguay utilizan herramientas de inteligencia artificial en su práctica cotidiana, según un análisis de Ceibal presentado a las autoridades de la educación. El estudio, elaborado por el Departamento de Investigación, Evaluación y Monitoreo de Ceibal, combinó datos de la Encuesta Nacional Docente con investigación cualitativa realizada en distintos puntos del país.
El dato muestra que la inteligencia artificial dejó de ocupar un lugar marginal en el sistema educativo. Su uso ya no aparece solo como una experimentación individual, sino como parte de tareas habituales de planificación, preparación de contenidos, diseño de actividades y elaboración de evaluaciones.
Entre las herramientas más utilizadas figuran los chatbots, mencionados por el 69% de quienes usan inteligencia artificial. También se registran usos vinculados con la planificación de clases, la generación de materiales educativos, la organización de propuestas de enseñanza y la personalización de aprendizajes.
Un cambio en la organización del trabajo docente
El principal efecto identificado por Ceibal no es la sustitución del docente, sino la aparición de un modelo de trabajo mixto. En ese esquema, los equipos docentes mantienen la definición pedagógica y la inteligencia artificial funciona como apoyo para tareas operativas y creativas.
El cambio incide en el uso del tiempo. Si una herramienta permite preparar borradores de consignas, ordenar materiales o proponer variantes de una actividad, parte del trabajo que antes recaía por completo en el docente pasa a estar mediado por sistemas automatizados. Esa mediación puede reducir carga administrativa, pero también exige criterios profesionales para revisar, corregir y decidir qué se utiliza en clase.
La incorporación de inteligencia artificial dentro de CREA aparece, en el análisis, como un ejemplo de uso institucionalmente legitimado. Ese tipo de integración diferencia el uso educativo acompañado del uso individual en plataformas abiertas, donde las condiciones de privacidad, seguridad y trazabilidad dependen de servicios externos.
La formación docente queda en el centro
El estudio identifica una demanda creciente de formación en el uso crítico y responsable de la inteligencia artificial. Esa necesidad coincide con el marco de competencias docentes publicado por la Unesco, que sostiene que la relación tradicional entre docente y estudiante se transforma en una dinámica entre docente, inteligencia artificial y estudiante. Ese marco plantea competencias en cinco áreas: enfoque centrado en las personas, ética, fundamentos y aplicaciones de la inteligencia artificial, pedagogía y desarrollo profesional.
La formación requerida no se limita al manejo de herramientas. Incluye comprender sus límites, verificar resultados, reconocer sesgos, proteger datos, definir cuándo corresponde usar inteligencia artificial y cuándo no, y explicar a los estudiantes cómo evaluar la información que reciben.
En términos pedagógicos, el desafío no es solo enseñar con inteligencia artificial, sino enseñar sobre inteligencia artificial. Eso implica que estudiantes y docentes puedan identificar cuándo una respuesta automatizada es incompleta, errónea o poco pertinente para una consigna.
Evaluar en un aula con inteligencia artificial
La expansión del uso docente también obliga a revisar las formas de evaluación. Si los docentes usan inteligencia artificial para diseñar actividades y los estudiantes acceden a las mismas tecnologías para resolverlas, las tareas basadas solo en la producción final pierden capacidad para mostrar cuánto aprendió cada estudiante.
El problema no se reduce al plagio. También incluye la necesidad de evaluar procesos: cómo se formula una pregunta, cómo se contrasta una respuesta, cómo se corrige un resultado generado por una herramienta y cómo se justifica una decisión. En ese contexto, la verificación de información y el pensamiento crítico dejan de ser competencias accesorias y pasan a formar parte del núcleo de la evaluación.
Privacidad y dependencia de plataformas
Uno de los puntos críticos señalados por el análisis es que una proporción significativa de docentes utiliza inteligencia artificial desde cuentas personales y en entornos genéricos, sin protecciones específicas para el ámbito educativo. Ese uso plantea riesgos sobre datos personales, información de estudiantes, materiales de aula y registros de interacción.
La Unesco advierte que el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial generativa avanza más rápido que los marcos regulatorios de muchos países y que, sin regulación ni validación institucional, la privacidad de los usuarios y la capacidad de las instituciones educativas para evaluar esas herramientas quedan expuestas.
El riesgo no está solo en que una plataforma almacene datos. También está en que el sistema educativo dependa de herramientas diseñadas para usos generales, con reglas de funcionamiento, cambios de producto y políticas de datos definidas fuera del ámbito educativo.
Brechas y uso desigual
El uso extendido de inteligencia artificial no significa que todos los docentes la usen en las mismas condiciones. La diferencia puede estar en la formación, el tiempo disponible, el acceso a cuentas pagas, la calidad de la conectividad, el respaldo institucional o la orientación recibida en cada centro.
Esa desigualdad puede trasladarse al aula. Un docente con más formación puede usar la herramienta para adaptar materiales, detectar dificultades y diversificar actividades. Otro, sin acompañamiento, puede limitarse a copiar respuestas generadas por un chatbot o abandonar su uso por desconfianza. El mismo recurso puede ampliar capacidades o profundizar diferencias, según el contexto en que se incorpore.
El rol institucional
El gerente de Inteligencia Artificial y Educación de Ceibal, Mauro Carballo, sostuvo que contar con información sistemática sobre el uso de inteligencia artificial en las aulas es clave para comprender el fenómeno y tomar decisiones informadas. También señaló que el estudio muestra un uso extendido y la necesidad de seguir monitoreando cómo evoluciona y en qué condiciones se produce.
El punto central del análisis es que la inteligencia artificial ya ingresó al trabajo docente. La discusión, por tanto, no es si debe estar o no en la educación, sino bajo qué reglas, con qué formación, con qué garantías de privacidad y con qué criterios pedagógicos.
En esa definición se juega parte de su impacto: puede funcionar como una herramienta para reducir tareas repetitivas y apoyar la enseñanza, o puede convertirse en una capa opaca de decisiones automatizadas, dependiente de plataformas externas y con escaso control institucional. El resultado dependerá menos de la tecnología en sí que de las condiciones en que el sistema educativo la integre.
