El patio donde no cabía el silencio

El jueves cayó la noche en Carmelo y el patio de la Casa de la Cultura de Carmelo dejó de ser un espacio arquitectónico para convertirse en una escena viva. No cabía un alma —literalmente— y, sin embargo, nadie parecía dispuesto a irse. El público ocupó cada silla, cada borde, cada sombra disponible. Algunos llegaron tarde y se quedaron de pie. Otros, simplemente, se quedaron.

La obra se llamaba No cabe un alma. El título, como suelen hacer los buenos títulos, terminó diciendo más de lo que prometía. El grupo de teatro de la casa había salido a escena bajo la dirección de Leo Fernández y, desde el primer parlamento, algo empezó a acomodarse en el aire: la respiración colectiva, el silencio atento, esa forma particular de la expectativa que solo se da cuando el teatro funciona.

No hubo estridencias. Tampoco necesidad de subrayados. El texto avanzó con naturalidad, sostenido por actuaciones medidas, sin alardes, como si los actores conocieran una verdad elemental: en espacios así, con el público tan cerca, cualquier exceso se nota. Lo que se impuso fue otra cosa, más difícil de nombrar: una intimidad compartida, casi doméstica, en medio de una noche abierta.

El ciclo Jueves en el Patio confirmó, una vez más, que el teatro no necesita grandes salas para ser grande. Basta un buen texto, un grupo comprometido y una comunidad dispuesta a escuchar. Carmelo respondió como responden los lugares donde la cultura no es un evento excepcional, sino una costumbre que se renueva.

La escena no se cierra ahí. El próximo jueves, a partir de las 20.30, el patio del Centro Cultural Nacional Casa de la Cultura Cnel. Ignacio Barrios volverá a abrirse. Habrá una nueva propuesta artística, otra invitación al encuentro, con entrada libre. Tal vez vuelva a llenarse. Tal vez no. Pero lo importante ya quedó dicho: cuando el arte aparece, el espacio siempre alcanza. Aunque, por un rato, parezca que no cabe un alma.

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