El tambor detiene su sonar ante la covid-19

Una mujer pasa frente a un muro con un dibujo alusivo al candombe uruguayo, hoy en Montevideo (Uruguay). EFE/Raúl Martínez

Por Federico Anfitti

Montevideo respira candombe, un género negro que, gracias al sonido de sus tambores, hace retumbar el ambiente de las tardes y genera una mezcla de festejo y rebeldía por parte de quienes lo escuchan. Sin embargo, la pandemia detuvo las lonjas que, por ahora, deben descansar.

Con una fuerte historia detrás, que entremezcla el sentimiento de libertad de los esclavos del siglo XIX provenientes de África y la sensación de alegría reflejada en las Llamadas, desfiles donde las comparsas recorren la calle principal de los barrios Sur y Palermo, esta tradición afronta un momento de pausa.

Y es precisamente este jueves, 3 de diciembre, celebración del Día Nacional del Candombe, la Cultura Afrouruguaya y la Equidad Racial, cuando más se siente.

El eco y la vibración que hacen retumbar el cuerpo al ritmo de este icónico género -Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco- con más de 200 años de historia se detienen y dejan de expresarse en las calles, debido a una pandemia que afecta cada vez más a Uruguay.

El efecto inmediato más claro fue la suspensión oficial del Desfile de Llamadas, que se lleva a cabo cada febrero y reúne a miles de uruguayos y turistas que observan en la calle Isla de Flores a las comparsas que, con sus tambores, sus escobilleros y las bailarinas, suelen deslumbrar al público.

LA RESISTENCIA DEL TAMBOR

Este 3 de diciembre recuerda, como cada año, uno de los momentos más duros del colectivo afrouruguayo: el desalojo del conventillo «Medio Mundo» en 1978 durante la dictadura cívico-militar (1973-1985).

Ese día marcó un antes y un después en su cultura, que tuvo como símbolo emblemático una Llamada que se hizo para despedir a los desalojados.

Por ello, esta fecha se toma como una jornada «de reflexión» según cuenta a Efe el presidente de la Asociación Civil Africanía, Tomás Olivera.

«Es paradójico que al ser desalojados hicieran una llamada de despedida como una manifestación de alegría. Entonces aquí debemos interpretar a los tambores y el candombe, que es el hecho cultural más folclórico que tiene nuestro país, que puede usarse en momento de alegría y en momentos de mucha pena», apunta.

Además de la reflexión, en esta fecha -salvo este 2020- suenan los tambores por el barrio como forma de mostrar «una rebelión» mediante esa energía tan particular que trasmite el ritmo.

DESDE ADENTRO

Fueron más de 50 las familias que, de un día para otro, perdieron sus hogares a causa del desalojo del conventillo ubicado en la calle Cuareim 1080 (dirección que hoy da nombre a una de las comparsas más importantes, C1080).

Susana Albornoz nació y se crió allí. Todos los residentes eran como sus abuelos o tíos y el sitio era una gran familia para todos. Pese a ello, cuando tenía tan solo 21 años fue expulsada de ese barrio del que, sin embargo, nunca pudo desalojar sus sentimientos.

«Fue triste, los camiones de la Intendencia sacándonos todo, llevando muy pocas cosas para donde nos llevaron también. Horrible, es subirte al camión y no mirar para atrás y rumbo a lo desconocido, no sabías con qué te ibas a encontrar», recuerda a Efe.

Aquella Llamada en la que los tambores rindieron tributo a los expulsados la recuerda con tristeza y también como «el último abrazo» que se dieron entre los tambores y la gente.

«Ese fue nuestro último recuerdo. Creo que lo hicieron pensando de que nos fuéramos con ese reconocimiento de decir: nos fuimos del barrio al son de un tambor», opina.

Después de su partida hacia un barrio completamente desconocido, estuvo muchos años sin poder volver. Cada vez que pasa por aquel viejo conventillo que hoy es un complejo de viviendas se le eriza la piel y se le llenan los ojos de lágrimas.

«Para mí es un orgullo, porque es como una marca registrada. Yo hace 40 años que estoy en el Cerro, pero es un barrio que a mí no se me apegó nada. Uno dice después de tanto tiempo ‘vivís en otro barrio como que lo sentís un poco tuyo’. Yo no lo siento mío, yo siento mío esto, este barrio», enfatiza.

EL CANDOMBE, UN SELLO CULTURAL

El particular ritmo de los tres tambores -chico, repique y piano- ya es un símbolo que identifica a la cultura afrouruguaya y que cada vez se extiende más por el mundo.

Este género, al que el reconocido músico uruguayo Ruben Rada define como «el ritmo más salvaje del mundo» también evoca el recuerdo de los ancestros africanos que fueron esclavizados.

«El candombe no es diversión, es resistencia frente a todo lo que pueda ser opresor», asegura a Efe la directora de la Casa Afro Uruguaya, Isabel «Chabela» Ramírez.

Aunque el Desfile de Llamadas o los eventos pensados para este jueves no se desarrollen por la pandemia, Ramírez sostiene que estos tres tambores de alguna manera siempre van a estar presentes porque son «una fuerza comunitaria para la gente en situación de vulnerabilidad».

Olivera coincide con Chabela y asegura que esta situación de la pandemia es momentánea, que el candombe es mucho más fuerte que cualquier circunstancia particular que los haga salir de las calles por unos meses.

Aunque se hagan algunas celebraciones particulares, la pandemia, los riesgos de las aglomeraciones debido a la incontenible necesidad de moverse, bailar y disfrutar al son del ritmo, hace que, por ahora, los tambores deban esperar otra llamada en un estruendoso silencio.

EFE

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