Industria 4.0: miopía, máquinas y oportunidades

Ezequiel Tacsir (tacsir@cinve.org.uy)

Estamos viviendo una nueva revolución tecnológica, la llamada “Industria 4.0”. Esta cuarta transformación productiva nos desafía con la posibilidad de automatizar procesos y con que ciertas tareas no sean más responsabilidad de trabajadores sino de máquinas.

Según Mckinsey, entre 400 y 800 millones de trabajadores a nivel mundial podrían ser desplazados para 2030 por la automatización y necesitarán nuevos empleos. Se estima que hasta 14% de la fuerza laboral mundial tendrá que cambiar de tareas, aprender habilidades, y dedicarse a trabajos que en su mayoría no fueron aún inventados (algunos hablan de 65%, otros de 85%). La velocidad del cambio futuro genera fuertes incertidumbres en los gerentes de empresas. Según KPMG, 69% dice no estar preparado para los cambios que se vienen.

En este contexto, diversas empresas están trabajando de manera incipiente en el país en automatizar sus procesos como estrategia de diferenciación y desarrollo. Sin embargo, estos esfuerzos individuales pueden no ser suficientes. La competencia global debe llevar a Uruguay a desarrollar una estrategia orientada al desarrollo, difusión y adopción de Industria 4.0. Varios países de la región (Brasil, México, Argentina) ya están avanzando. El tiempo no parece sobrar.

 Presente y futuro

Desde una mirada de largo plazo, el avance tecnológico es el responsable de las innovaciones que crearon nuevas industrias, empleos y mejoraron nuestros niveles de vida y productividad. Sin embargo, los lentes que nos sirven para ver de lejos no siempre funcionan para ver de cerca.

La evidencia histórica nos muestra que para cada una de las generaciones contemporáneas a las revoluciones tecnológicas, los avances significaron nuevas ansiedades, amenazas a sus trabajos y desafíos a la organización colectiva. En la primera revolución industrial, los artesanos ingleses se agruparon para protestar y destruir máquinas de hilar y tejer y quemar fábricas. Los luditas, que con sus acciones crearon para E. Hobsbawm una nueva forma de “negociación colectiva por disturbio”, recibieron brutales respuestas del Estado. Sus protestas fueron consideradas una ofensa capital y castigados con el destierro o, incluso, la horca. En York, 17 luditas fueron ahorcados y otros 25 desterrados a Australia, mientras que en Lancaster 38 personas sufrieron el destierro y otros 8 fueron ahorcados.

Nos guste o no, el futuro está aquí. La cuarta revolución, según un estudio conjunto de BCG y el Ministerio de Producción de Argentina, implica fuertes cambios a partir de nuevas tecnologías digitales, con potencial de crear fábricas con procesos totalmente integrados y automatizados, con la posibilidad de analizar información en tiempo real para optimizar la producción, predecir fallas y mejorar la eficiencia en las cadenas de insumos y suministros. En esta ocasión necesitamos otro tipo de respuesta del estado. Brutal, tal vez, pero orientada a generar los incentivos para lograr que estas tecnologías transversales puedan ser aprovechadas al máximo por nuestro talento y nuestros empresarios. No es tarea fácil, y la cancha pareciera estar inclinada.

 Los robots vienen marchando

La automatización del empleo involucra la sustitución de tareas por sistemas, maquinarias y robots industriales. Las ventas mundiales de robots crecieron a una tasa acumulativa anual del 15% entre 2010 y 2015. A nivel mundial, los principales países exportadores de estos equipos son Japón, Alemania, China y EE.UU., mientras que en la región México es el único exportador. Suecia, Alemania, Corea del Sur, Singapur y Japón son los países con mayor densidad de robots. En Latinoamérica, Brasil y Chile cuentan, en promedio, con 90 robots cada 10.000 puestos de trabajo industriales. Argentina contabiliza 15 robots cada 10.000 empleados y en Uruguay, según la Cámara de Industrias del Uruguay, habrían 10 robots cada 10.000 asalariados.

El año que viene habrá 2,6 millones de robots funcionando en el mundo, algo así como el tamaño de la población de Uruguay hace 50 años. Con un crecimiento esperado de 13% anual, en 2022 los robots tendrán más población que nuestro país.

Existe un amplio debate sobre el impacto de la automatización creciente en la destrucción del empleo. A nivel mundial, proliferan estimaciones sobre el riesgo de automatización de las ocupaciones en las diferentes economías y ocupaciones: 47% de los puestos de trabajo de Estados Unidos corren riesgo de automatización en las próximas décadas, 57% para los países de la OCDE y a 77% para los empleos de China. En Uruguay, un trabajo de investigadores de CINVE muestra que el 66% de las ocupaciones son pasibles de automatización. Cruzando el charco, para el Ministerio de Hacienda esta cifra en Argentina es del 59% de los puestos de trabajo. Esta probabilidad, que se mantuvo estable entre 2007-2015, creció 20% a partir de 2016 por las mayores facilidades para incorporar tecnología. La evidencia disponible muestra que la automatización afectaría relativamente más a la población de menor calificación, o aquella con tareas más rutinarias. Sin embargo, existen excepciones: por ejemplo, las tareas vinculadas al cuidado de las personas que, si bien perciben salarios comparativamente bajos, son difícilmente automatizables.

¿Y por casa cómo andamos?

A pesar de estas diferencias en la adopción de soluciones de automatización, existe un creciente consenso global de que las empresas (y los gerentes) no están preparados aún para dar el salto a la Industria 4.0. Se evidencia que si bien una amplia mayoría de los ejecutivos asocia estas innovaciones con mejoras en la productividad (75% en Alemania, 70% en Francia, 72% en Argentina, para nombrar algunos países), a los mismos entrevistados les cuesta asociar estas inversiones con mejoras en los ingresos.

En el caso de Argentina, 70% de los managers de grandes empresas no han empezado a planificar la implementación de Industria 4.0, algo similar a los bajos niveles de digitalización de España. La incertidumbre sobre el impacto de la inversión es el segundo desafío más importante que enfrentan las empresas, luego de los bajos niveles de capacitación. Con este escenario, los diferentes países –bajo el liderazgo de Alemania- han adoptado diversas plataformas para sensibilizar a los empresarios sobre las tecnologías y casos de éxito, facilitando el autodiagnóstico y, en algunos casos, incluso abaratar la compra de tecnología y capacitación. Argentina está desarrollando su propia plataforma, relanzando el Instituto de Tecnología Industrial (INTI), y trabajando en una propuesta de incentivos superadora de la actual ley de promoción de la industria del software. Estas iniciativas se suman a mejoras tributarias que recientemente han obtenido las pequeñas y medianas empresas, los emprendedores y los mayores incentivos a la reinversión de utilidades en el impuesto a las ganancias.

La competencia y los ejemplos nos requieren desarrollar una estrategia público-privada de difusión,  adopción y desarrollo de capacidades y entrenamiento para la Industria 4.0. No estamos hablando de un beneficio para pocos, sino de la mejor manera de protegernos de las amenazas de la automatización y mejorar la productividad de la economía en su conjunto.

Publicado en Carmelo Portal  con autorización del blog SUMA del Centro de Investigaciones Económicas.

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