¿Por qué a algunas personas se les cree menos?

La investigadora mexicana Miriam Jerade advirtió, en una entrevista con la Universidad de la República, que tener libertad para expresarse no garantiza ser escuchado. Los prejuicios y los ambientes hostiles pueden hacer que algunas personas pierdan credibilidad o prefieran guardar silencio.

Miriam Jerade (Foto: Udelar)

No todas las personas reciben la misma atención cuando hablan. La edad, la condición social o los prejuicios sobre determinados grupos pueden influir en la credibilidad que se concede a sus palabras. Incluso hay quienes, después de experimentar situaciones de descalificación, prefieren guardar silencio.

Estas formas de exclusión fueron analizadas por la filósofa mexicana Miriam Jerade, profesora de la Universidad Adolfo Ibáñez, de Chile, durante una entrevista realizada por la Universidad de la República (Udelar), en ocasión de su participación en un seminario sobre injusticias y silenciamiento.

La especialista plantea que el problema no consiste únicamente en tener derecho a hablar, sino también en las posibilidades reales de ser escuchado y tomado en serio.

Una persona puede expresar una preocupación, denunciar una situación o presentar un reclamo y encontrarse con que sus palabras son ignoradas, distorsionadas o consideradas menos importantes por quien las recibe.

En filosofía, estas situaciones forman parte de lo que se conoce como injusticia epistémica: una forma de desigualdad que aparece cuando los prejuicios afectan el reconocimiento de una persona como alguien capaz de aportar información o conocimiento.

Cuando los prejuicios hacen que un testimonio valga menos

Uno de los ejemplos que presenta Jerade permite comprender el problema sin necesidad de conocimientos filosóficos.

Una persona puede recibir menos credibilidad simplemente por ser pobre. También puede ocurrir que el testimonio de una mujer sea desestimado porque se la considera demasiado emocional o sentimental.

En ambos casos, la valoración de lo que alguien dice está condicionada por una idea previa sobre quién es esa persona, antes que por el contenido de su relato.

La filósofa menciona una situación especialmente delicada: cuando no se cree a niños que relatan experiencias de abuso sexual porque se supone que fantasean, que no comprenden lo ocurrido o que no saben interpretar los hechos.

Para Jerade, estos prejuicios pueden producir una injusticia al disminuir el valor concedido al testimonio.

La especialista retoma las investigaciones de la filósofa Miranda Fricker, quien denomina injusticia testimonial a las situaciones en las que una persona recibe menos credibilidad debido a prejuicios relacionados con su identidad.

El problema no se limita a que alguien se sienta ignorado. También puede significar que información relevante quede fuera de una conversación, una discusión pública o un proceso de toma de decisiones.

El silencio también puede ser consecuencia del miedo a no ser escuchado

Otra de las ideas centrales de la entrevista es que no siempre hace falta prohibirle hablar a alguien para silenciarlo.

Una persona que ha sido desacreditada reiteradamente puede llegar a la conclusión de que expresar su opinión no tiene sentido o que hacerlo le traerá nuevas dificultades.

En esas circunstancias, puede optar por callarse antes de volver a exponerse.

Jerade explica que este fenómeno es conocido como injusticia testimonial anticipada. Se produce cuando las experiencias previas o las condiciones del entorno llevan a alguien a no compartir su testimonio.

Es una forma de autocensura que no requiere una prohibición explícita.

La distinción resulta importante porque permite reconocer que el silencio no siempre representa conformidad, desinterés o ausencia de opiniones.

A veces, detrás de una persona que no participa, puede existir la expectativa de que sus palabras no serán valoradas.

Las redes sociales y los ambientes que desalientan la participación

La investigadora también estudia lo que denomina «ambientes comunicativos tóxicos», especialmente en las redes sociales.

Su interés se centra en cómo las conductas colectivas pueden generar espacios de discusión tan agresivos que determinadas personas consideran preferible no intervenir.

«Hay ambientes que pueden ser tan agresivos, tan tóxicos, que la persona siente que no puede hablar o que es mejor no decir nada», afirmó en la entrevista publicada por la Udelar.

Este planteo permite mirar las discusiones en internet desde otra perspectiva.

La posibilidad técnica de publicar un comentario o expresar una opinión no garantiza, por sí sola, que todas las personas se encuentren en condiciones similares para participar.

Según el enfoque que desarrolla Jerade, las características del ambiente en el que ocurre una conversación también influyen en quiénes intervienen y quiénes terminan guardando silencio.

Tener libertad de expresión no garantiza ser escuchado

La reflexión adquiere una dimensión más amplia cuando se traslada al funcionamiento de la democracia.

En una sociedad democrática, la libertad de expresión permite que las personas manifiesten sus ideas y reclamos. Sin embargo, Jerade advierte que esa garantía formal no elimina las desigualdades en la manera en que las distintas voces son recibidas.

«No todas las voces tienen la misma audibilidad», señaló la filósofa.

Con esa expresión se refiere a que no todas las personas o grupos cuentan con las mismas posibilidades de que sus palabras sean reconocidas, comprendidas o consideradas en el debate público.

Como ejemplo, mencionó una investigación realizada junto con Leandro De Brasi y Fabien Le Bonniec sobre las demandas del pueblo mapuche durante los procesos constituyentes de Chile.

En el primero de esos procesos existieron 17 escaños reservados para representantes de pueblos originarios. Sin embargo, según el análisis presentado por la investigadora, determinados discursos políticos contribuyeron a que reclamos vinculados con derechos fueran interpretados como pedidos de privilegios.

Jerade sostiene que esa transformación en la manera de presentar las demandas terminó dificultando su discusión posterior.

El caso ilustra una de sus principales preocupaciones: un grupo puede tener representación y oportunidades de expresarse, pero aun así encontrar obstáculos para que sus planteos sean comprendidos en sus propios términos.

Escuchar también forma parte de la convivencia democrática

La entrevista plantea, finalmente, que modificar estas situaciones requiere algo más que cambiar las palabras utilizadas para describirlas.

Para Jerade, el lenguaje está relacionado con las prácticas sociales. Por eso, considera que las transformaciones también deben producirse en las formas de comunicación y en las relaciones entre las personas y los grupos.

La filósofa destaca el papel de los movimientos sociales y del activismo en esos procesos de cambio.

Su reflexión deja planteada una cuestión que va más allá de la filosofía: la diferencia entre permitir que alguien hable y reconocer efectivamente lo que tiene para decir.

En las relaciones personales, las conversaciones públicas y los espacios de participación ciudadana, esa distinción ayuda a comprender por qué el derecho a expresarse no siempre se traduce en igualdad de condiciones para ser escuchado.


Fuente: Entrevista de la Universidad de la República (Udelar) a Miriam Jerade, filósofa mexicana y profesora de la Universidad Adolfo Ibáñez (Chile), realizada en el marco del seminario «Injusticias epistémicas y silenciamiento», organizado por el Instituto de Investigación en Justicia Social y Desigualdades.
Nota elaborada a partir de la entrevista publicada por la Udelar. Las citas textuales corresponden a las declaraciones de la investigadora recogidas por esa institución.
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