En 1767, en una estancia situada en el territorio donde décadas después nacería Carmelo, murió una niña llamada María Magdalena. Tenía apenas unos días de vida. No sabemos qué enfermedad pudo haberla afectado, quién la sostuvo en sus últimas horas ni dónde fue enterrada.
Sabemos algo más difícil de encontrar: su nombre.
Aparece en el inventario de la estancia de Nuestra Señora de Belén, conocida actualmente como Calera de las Huérfanas. Junto a ella figura una referencia a su padre, Pedro Molinero, un hombre de origen africano que vivía sometido a esclavitud.
El registro no cuenta una historia. Cumple una función administrativa. Enumera personas, edades, procedencias y oficios. Pero entre esos datos quedó consignada una muerte.
María Magdalena nació en una sociedad que consideraba a las personas esclavizadas parte del patrimonio de sus propietarios. El inventario la identificó como hija de Pedro Molinero y dejó constancia de que había muerto mientras se confeccionaba aquel documento.
No conocemos el nombre de su madre.
Pedro Molinero tenía entonces 50 años. El registro indica su procedencia como Congo y su oficio como jabonero. También consigna su estatura. Son detalles que permitían identificar y clasificar a un trabajador esclavizado.
Detrás de esa información aparece una vida de la que desconocemos casi todo.
Pedro había llegado a la madurez trabajando en un establecimiento que producía alimentos, materiales de construcción y otros bienes para una extensa red comercial. La estancia pertenecía a la Compañía de Jesús y estaba vinculada a instituciones religiosas de Buenos Aires.
La producción dependía de distintas formas de trabajo, entre ellas la explotación de personas esclavizadas.
En aquel lugar se fabricaban ladrillos, tejas, cal, textiles y alimentos. La estancia formaba parte de una economía mucho más compleja de lo que sugieren hoy las ruinas de su antigua capilla.
Allí aparece Manuel Antonio, de 38 años, procedente de Angola. Su oficio era arpista.
Aparece también Ana de Belén, de 45 años, procedente de Janeiro, que trabajaba como panadera. María de Belén, de 23 años, figura como tejedora de ponchos. Manuel Carpintero tenía 34 años y se dedicaba a la carpintería. Francisco Tejero, de 42 años y procedente de Angola, fabricaba ladrillos.
Cada oficio permite imaginar la actividad del establecimiento, aunque ningún documento autoriza a reconstruir las conversaciones, los sentimientos o las relaciones personales de aquellos hombres y mujeres. Había también niños.
Francisca Xaviera tenía siete años y era hija de Juan Congo. Asunción tenía cinco y era hija de Pablo. Pantaleón, cinco. Lorenzo era todavía un niño de pecho. Y estaba María Magdalena.
Su existencia quedó reducida a una observación en el registro. No había llegado a tener una edad que pudiera contarse en años.
El inventario incluye, además, una mención a siete pequeños cuyos nombres ni siquiera fueron anotados. La administración dejó constancia de su existencia, pero no de sus identidades.
Ocho años después de aquel primer registro, Pedro Molinero vuelve a aparecer en otro inventario, fechado en 1774. Tiene entonces 58 años. Su nombre continúa asociado a la procedencia Congo. Su hija ya no figura.
Entre ambos documentos transcurrieron años de trabajo, cambios administrativos y acontecimientos que transformaron la región. No sabemos si Pedro permaneció siempre en el mismo lugar, cómo atravesó la muerte de María Magdalena o qué recuerdos conservó de ella.
Lo que sí puede afirmarse es que los dos nombres pertenecen a una historia de Carmelo anterior a Carmelo.
Mucho después, entre 1999 y 2001, una investigación arqueológica realizada en la antigua capilla de la estancia recuperó y estudió restos humanos de 16 individuos. El equipo también examinó libros parroquiales que permitieron documentar 73 enterramientos vinculados al establecimiento.
De ese conjunto de registros, 30 entierros correspondían al interior de la capilla. Los investigadores encontraron una presencia significativa de personas africanas y afrodescendientes.
No existe evidencia presentada en ese estudio que permita identificar los restos de María Magdalena o establecer su lugar de sepultura.
Hoy Calera de las Huérfanas forma parte del patrimonio histórico del país. Sus construcciones recuerdan la producción jesuítica, los primeros emprendimientos rurales y el movimiento económico colonial.
Sin embargo, esos mismos muros también pertenecen a otra historia: la de quienes trabajaron allí sin disponer de libertad, la de las mujeres que cocinaron y tejieron, la de los hombres que elaboraron ladrillos y la de los niños que nacieron bajo aquel sistema.
María Magdalena nunca conoció la ciudad de Carmelo. Murió casi medio siglo antes de su fundación, ordenada por Artigas en 1816.
No tuvo una calle con su nombre ni un monumento que recordara su existencia.
Pero una anotación realizada hace más de 250 años impidió que desapareciera por completo.
En algún lugar de la antigua Calera, una niña vivió apenas unos días. Y, contra el silencio de los siglos, todavía podemos llamarla por su nombre.
