El día que un rayo hizo explotar la Basílica del Santísimo Sacramento en Colonia

La mañana del 14 de diciembre de 1823 había tormenta en Colonia del Sacramento.

No hace falta imaginar demasiado. Basta con los hechos: una ciudad militarizada, una iglesia utilizada parcialmente como depósito de pólvora y un rayo. Después, la explosión.

La actual Basílica del Santísimo Sacramento era entonces la Iglesia Mayor de Colonia. Durante la ocupación portuguesa, parte del edificio había sido destinada a guardar pólvora. La decisión había generado protestas entre autoridades y vecinos. Era un templo, pero también, en los hechos, un polvorín.

Ese domingo de diciembre, un rayo alcanzó el edificio. La pólvora explotó y buena parte de la iglesia desapareció.

El episodio no pertenece al terreno de la leyenda. Documentos de la época y publicaciones oficiales posteriores registran la destrucción. Existe incluso correspondencia fechada apenas dos días después, el 16 de diciembre de 1823, que comunicaba lo sucedido.

Un manuscrito conservado en el repositorio Anáforas de la Universidad de la República resume el acontecimiento con una frase que podría haber encabezado una noticia de último momento hace dos siglos: “cayó un rayo en la Iglesia de la Colonia y voló el Templo con los explosivos”.

Diez años después apareció un testigo inesperado. El 17 de noviembre de 1833 llegó a Colonia un naturalista inglés de 24 años que viajaba en el HMS Beagle. Se llamaba Charles Darwin.

Todavía faltaban décadas para El origen de las especies. Darwin recorría América del Sur anotando animales, plantas, formaciones geológicas y todo aquello que encontraba diferente. También miraba ciudades.

En Colonia encontró una población marcada por las guerras recientes: fortificaciones deterioradas, calles irregulares, árboles antiguos y, en medio de aquel paisaje, las ruinas de la iglesia. La llamó una “curiosa ruina”.

En su diario explicó que el templo había sido utilizado para almacenar pólvora y que un rayo había provocado la explosión. Según su descripción, alrededor de dos terceras partes del edificio habían desaparecido hasta los cimientos.

En otro de sus cuadernos escribió un dato más inquietante: “11 killed”. Once muertos.

La cifra debe manejarse con cautela. Darwin llegó diez años después y posiblemente la obtuvo de relatos locales. Otras fuentes confirman que hubo víctimas, pero no permiten establecer con la misma certeza el número.

Hoy la iglesia está nuevamente en pie. Miles de personas pasan frente a sus paredes sin saber que allí, hace más de dos siglos, coincidieron una tormenta, un depósito de pólvora y una ciudad atravesada por la guerra.

Y que diez años después un joven llamado Charles Darwin se detuvo frente a esas ruinas, sacó su cuaderno y escribió lo que vio.

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