Hay fotografías que uno encuentra y hay fotografías que, de alguna manera, estaban esperando.
Esta apareció mientras investigaba las escuelas de Carmelo, sus cambios, todo eso que el tiempo va haciendo con los edificios, con las aulas, con las maneras de enseñar. Una fotografía de la Escuela 5 de Carmelo. Un grupo de niños mide la sombra de un árbol.
Me quedé mirándola.
Supongo que habrá una explicación sencilla. Una clase, un ejercicio, alguna maestra que les habrá pedido salir y medir la sombra para después volver al salón con un número anotado en el cuaderno. Habría que saber el año, quiénes eran esos niños, qué árbol era. Pero por un momento prefiero no saberlo.
Prefiero quedarme con ellos ahí.
Porque están midiendo una sombra.
De todas las cosas que podían medir, miden eso que se mueve mientras lo miden. Una sombra que a la hora siguiente será otra, que se irá estirando o encogiendo sobre la tierra sin pedir permiso a nadie. Los niños probablemente lo sabían. O estaban justamente aprendiendo eso.
Uno mira la fotografía tantos años después y quisiera advertirles algo. No sé qué. Quizá decirles que se apuren, que mientras miden la sombra también pasa otra cosa que no figura en la tarea. Pero ellos no podrían entendernos. Para ellos el tiempo todavía está del lado de adelante.
Eso es lo extraño de las fotografías viejas.
Nosotros sabemos lo que ellos ignoran: que ese día terminó.
Que guardaron sus cosas, volvieron al salón, regresaron a sus casas. Que hubo otro día de escuela y después otro. Que crecieron. Que la vida, con esa manera distraída que tiene de llevarse las cosas, fue alejándolos de ese árbol.
Ellos, en cambio, no saben nada de nosotros.
Y sin embargo aquí están.
Tal vez por eso la foto me inquieta. Mientras investigo cuánto cambiaron nuestras escuelas, aparece una escena que no habla del cambio de una escuela sino de algo mucho más pequeño: unos niños agachados alrededor de la sombra de un árbol.
Y de pronto pienso que quizás hemos aprendido a mirar los árboles de otra manera.
En una ciudad un árbol puede ser un problema de raíces, una rama peligrosa, hojas en una canaleta, una poda pendiente. También puede ser una cifra en un inventario. Está plantado, está enfermo, hay que sacarlo, hay que sustituirlo.
Pero su sombra casi nunca entra en la cuenta.
La sombra no tiene padrón. No figura en los planos. Nadie puede señalar exactamente dónde empieza porque a esta hora está acá y dentro de un rato estará un poco más allá.
Sin embargo, uno recuerda las sombras.
La del árbol donde se esperaba a alguien. La de una vereda en enero. La del patio de una escuela. La sombra donde se arrimaban las sillas. La bicicleta apoyada contra el tronco. Alguna conversación que ya no podríamos reconstruir aunque quisiéramos.
Quizás una ciudad también esté hecha de esas cosas que no aparecen en sus inventarios.
Vuelvo a la fotografía.
Los niños siguen midiendo.
Me gustaría saber qué número les dio. Es una curiosidad absurda, porque aquel número ya no sirve para nada. La sombra cambió unos minutos después. Tal vez el árbol creció durante muchos años. Tal vez ya no esté.
Pero ellos consiguieron algo que seguramente no buscaban.
Mucho tiempo después, desde una fotografía, hicieron que alguien volviera a mirar la sombra de un árbol.
Y ahora, cuando camino por Carmelo y veo uno, ya no veo exactamente lo mismo.
Miro también el suelo.
