¿Cómo ve Carmelo un niño?

Calles, veredas, cruces, plazas y recorridos hacia la escuela forman parte de una ciudad proyectada principalmente por adultos. Pero ¿cómo se ve Carmelo desde la altura de un niño? La pregunta puede aportar otra perspectiva sobre movilidad, seguridad vial, espacios públicos y obras urbanas.

Un niño conoce buena parte de la ciudad a través de sus recorridos cotidianos: de casa a la escuela, al club, a una plaza o a la vivienda de un amigo. Allí construye su propio mapa de Carmelo, condicionado no solamente por las distancias, sino también por aquello que puede hacer de manera autónoma.

El arquitecto británico Colin Ward, que estudió la relación entre infancia y ciudad, proponía pedir a los niños que dibujaran el camino entre su casa y la escuela. El ejercicio permitía descubrir qué observaban, qué obstáculos encontraban y cómo interpretaban un espacio pensado por adultos.

Aplicarlo en Carmelo abriría preguntas concretas. ¿Puede un niño caminar algunas cuadras con seguridad? ¿Puede desplazarse en bicicleta? ¿Cómo experimenta un cruce con tránsito? ¿Qué ocurre cuando una vereda se interrumpe o resulta difícil de transitar? ¿Qué lugares reconoce como propios?

También está el derecho a explorar. Una ciudad excesivamente condicionada por el tránsito puede reducir la autonomía infantil y transformar recorridos que antes podían hacerse caminando o en bicicleta en traslados dependientes de un adulto.

La mirada infantil también podría incorporarse cuando se proyectan plazas, veredas, cruces, ciclovías, calles y otros espacios públicos. No solamente preguntando qué necesitan los niños para jugar, sino cómo se mueven y cómo utilizan realmente la ciudad.

Pensar Carmelo desde su altura no significa construir una ciudad exclusivamente para ellos. Significa incluirlos entre sus habitantes. Quizás una ciudad en la que un niño puede caminar, pedalear, encontrarse y explorar con mayor autonomía sea también una ciudad más accesible y habitable para todos.

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