“Si saco el 5 de Oro me voy al carajo”

La frase se dice rápido, casi al pasar. A veces con risa, a veces con cansancio. “Si saco el 5 de Oro me voy al carajo”. No se aclara adónde. No se especifica cuándo. Tampoco con quién. La fuerza de la frase está, precisamente, en esa imprecisión abrupta.

En pueblos como Carmelo, donde la vida se conoce de memoria, la frase no habla solo de irse. Habla de irse de algo. Del trabajo que se repite, del horario clavado, de la rutina que no es mala pero pesa. De levantarse siempre a la misma hora para llegar siempre al mismo lugar, sabiendo que al día siguiente será igual. El dinero, en ese sentido, no es un fin: es la llave imaginaria que permitiría soltar todo sin culpa.

Porque irse sin plata es fuga; irse con plata es liberación.

La expresión condensa una fantasía exagerada, casi cinematográfica: desaparecer. No avisar demasiado. No dar explicaciones largas. Cortar de golpe. Dejar el trabajo, la ciudad, el nombre conocido. Cambiar de piel. Empezar una vida nueva con el gesto simple de quien puede pagarla. Es una fantasía radical, pero dicha con humor, como si el hablante supiera —y aceptara— que probablemente nunca ocurra.

En esa exageración hay verdad. La frase no expresa odio por el lugar ni rechazo a la vida que se tiene. Nadie dice “me voy porque esto es un infierno”. Se dice “me voy al carajo” como se dice un chiste que encierra una confesión. Es el deseo de romper la continuidad, de salirse del renglón recto que la vida va trazando casi sin preguntar.

También hay algo profundamente corporal en la expresión. La mala palabra no es decorativa: es funcional. Sin ella, la frase pierde tensión. Decir “me voy lejos” no alcanza. Decir “me voy al carajo” introduce distancia, violencia mínima, una idea de exilio voluntario. El lenguaje hace lo que el cuerpo no puede: pegar un portazo simbólico.

En los pueblos chicos, donde casi nadie se va del todo, la idea de irse definitivamente adquiere una dimensión mítica. Por eso la frase se repite. Porque permite imaginar una salida sin ejecutarla. Porque habilita una vida alternativa sin traicionar la real. Nadie queda en evidencia. Nadie se compromete. Se sueña en voz alta, pero con ironía, como quien se protege del ridículo.

Y hay, además, un contraste que late en el fondo: irse con plata cuando casi siempre se vive “pelado”. El 5 de Oro aparece como una inversión total del orden cotidiano. No trabajar para ganar dinero, sino ganar dinero para no trabajar. No contar monedas, sino pagar sin mirar. No pensar en mañana, sino en empezar de cero. El premio no compra lujos; compra tiempo, anonimato, distancia.

Al final, la frase no anuncia un éxodo. Anuncia una grieta. Una pequeña fisura en la obediencia diaria. Dice algo simple y hondo: “no estoy atado del todo”. Y en lugares donde la pertenencia es fuerte y la rutina se hereda, esa posibilidad —aunque sea verbal, aunque sea exagerada— funciona como un gesto íntimo de libertad.

El 5 de Oro casi nunca sale. Pero la frase sigue circulando. Y mientras alguien la diga en una mesa, en un mostrador o en una esquina, la vida seguirá teniendo una salida imaginaria. Aunque nadie la tome.

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